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domingo, 12 de abril de 2015

Escribir una novela (XXIV): librito o novelón

Cuando comienzo a pensar en una nueva idea, en un nuevo argumento, aparte de tener una escena como punto de partida y una ambientación de época que rodee la historia y la complete, me hago una reflexión: cuántas páginas deseo escribir para dar forma a mi nueva novela.

No es asunto baladí.¿Importa eso al desatar la creatividad? ¿No dicen que cada historia, si se hacen caso a las Musas, acaba teniendo las páginas que necesita, ni más ni menos? Las Musas inspiran, pero el que escribe y decide es el escritor. ¿Es necesario detallar cada mínimo gesto de los personajes? Hay que tener en cuenta que se debe detallar cuando lo que se detalla es importante para la novela, y no sólo si es ambientación.



Novelas con mil y pico páginas, haberlas haylas. Con trescientas y menos, también. Un escritor puede necesitar decenas de páginas porque desea contarnos algo relevante, o simplemente pretende causar placer estético al recrearse, o bien, se le va de las manos las subtramas y los personajes. O bien, porque realmente es una novela coral que necesita todo eso. Es fácil rellenar cientos de páginas: crea muchos personajes y cruza sus vidas, que aparezcan conflictos, desenlaces, hechos... Lo difícil, difícil, es mantener el interés del lector es esos cientos de páginas, ahí radicar la habilidad del escritor. Pero por otro lado, ¿es menos hábil quien es capaz de emocionar más con menos palabras? ¿Quien comprime una historia completa en trescientas páginas, sin excesos, sin decenas de personajes, sin tramas que duren treinta años? Yo creo que es más hábil el que reduce que el que extiende. Libros gruesos, libros livianos: he leído de ambas clases, y en ambas he tropezado con auténticas joyas que devoraba horas y horas, y peñazos auténticos que se me atragantaban.

Aparte de la experiencia lectora de cada lector, que influye y mucho en cómo afronta cada nueva lectura, sí me hago una reflexión cierta. Antes, de adolescente, y antes de ponerme yo mismo a escribir, disponía de mucho más tiempo para leer. No me importaban las páginas si el novelón lo merecía. Tragaba y tragaba. Ahora, con más años, más obligaciones, más interrupciones (es ya una utopia disponer de 4 o 5 horas seguidas de lectura), más estrés, más cinismo, más desengaño, más de todo, ya no tengo tanto tiempo. Estoy empezado a tener preferencia por libros de espesor moderado, que no me condicionen mi escaso tiempo en demasía y que no se me eternice la lectura. Así, además, puedo leer más libros, más autores, y recrearme en más narraciones que esperan. Mi "Pila de Lecturas Pendientes" es desasosegadora.

Pero luego reviso mi librería, me regocijo en lo que leí y disfruté, y digo, de tanto en tanto, "¡Qué carajo! Ahora le toca a éste". Sin discriminar si tiene más o menos páginas. A leer y punto.

Importante. Si escribes teniendo en mente un objetivo de páginas, serás capaz de centrarte en lo valioso y en eliminar lo superfluo de tu escritura. Plantéate qué escribir, pero cómo escribirlo para condensarlo en pocas páginas. Es un buen truco para dar agilidad de relámpago a tu manuscrito.
Como recomendación: piensa crear un manuscrito de 300 páginas, y tal que seas capaz de escribirlo en un año.
A partir de ahí, culpa a las Musas.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Escribir una novela (XXI): Rigor Mortis

Es gratificante cuando hay lectores que han disfrutado de tu libro y se atreven a decírtelo; también cuando los hay que tienen una crítica que hacerte y te la hacen con educación. Desde aquí, gracias, porque al hilo de las palabras de uno de ellos escribo hoy esta entrada. Lo curioso es que, dependiendo del lector, lo que para uno es una virtud para otro es un defecto, y viceversa.

El comentario que me hicieron es sobre el rigor. El rigor mortis es la rigidez que aparece en un cuerpo muerto a las pocas horas de la muerte, su duración en el tiempo es reducida y después desaparece, según se inician los procesos de descomposición. Se parece mucho a lo que me comentaron, relacionado con el rigor a la hora de escribir una novela histórica.



Sin duda, una de las bazas de este género es la posibilidad de recrear un pasado, más o menos remoto en el tiempo respecto del lector. Todo es cuestión de tiempo, desde luego, en un foro ya opiné en su día que la novela contemporánea de hoy será, dentro de doscientos años, novela histórica (y la novela histórica de hoy, más histórica aún). Para recrear ese pasado hay que hacer una labor necesaria de documentación, tanto del detalle del día a día como más generalista sobre la cultura a tratar, sobre la mentalidad y valores imperantes, sobre la forma de expresarse incluso...

Dice la RAE:

Rigor.
(Del lat. rigor, -ōris).
1. m. Excesiva y escrupulosa severidad.
2. m. Aspereza, dureza o acrimonia en el genio o en el trato.
3. m. Último término a que pueden llegar las cosas.
4. m. intensidad (vehemencia). El rigor del verano.
5. m. Propiedad y precisión.
6. m. Med. Tiesura o rigidez preternatural de los músculos, tendones y demás tejidos fibrosos, que los hace inflexibles e impide los movimientos del cuerpo.
7. m. Med. Frío intenso y extraordinario que entra de improviso en el principio de algunas enfermedades, como en las calenturas intermitentes.
8. m. germ. Fiscal del ministerio público.
en ~.
1. loc. adv. En realidad, estrictamente.
ser alguien el ~ de las desdichas.
1. loc. verb. coloq. Padecer muchos y diferentes males o desgracias.
ser de ~ algo.
1. loc. verb. Ser indispensable por requerirlo así la costumbre, la moda o la etiqueta.

Nos quedamos con propiedad y precisión. Ser rigurosos en esa documentación implica poder describir con propiedad y precisión, a través de palabras, la ambientación de la novela, la tramoya oculta, el andamiaje que dotará de sensaciones al libro y que hará que un lector se traslade en su mente en el tiempo, se olvide de la hipoteca y se sumerja en el pasado.

La pregunta del millón: ¿cuán rigurosa ha de ser esa documentación? ¿Debe ser precisa en todos los detalles que mencione el libro? Aquí aparece una tentación para el novelista histórico: suele descubrir tantos detalles jugosos de esa época que puede querer colocarlos todos en la novela, y eso puede ser un error si lastran la historia. Una forma de lastrar la historia es centrarse en los detalles, poner numerosos pies de página que rompen el ritmo de lectura (la tendencia es que no haya, si acaso un glosario de términos al final del libro); otra querer, p.ej, que Homero hable como en su Grecia arcaica, lo cual es imposible. Es cierto que si de la época existe correspondencia escrita se puede lograr dar un barniz a los diálogos de los personajes que haga pensar "hablan como los antiguos", pero llevar esa forma de expresarse con rigor a una novela es un error, porque lo más probable es que se aburra al lector. 

Y una novela, querido lector:
-es esencialmente una obra de ficción.
-debe entretener.

Sobre el habla de los personajes históricos, hay controversia. ¿Es menos rigurosa una novela histórica que aproxima el habla de los personajes al siglo XXI? Si fuera un ensayo, sería cierto: no sería rigurosa. Pero una novela no es un ensayo, busca entretener a sus lectores y para eso sus lectores deben entender lo que dicen los personajes, aproximar el habla antiguo al lector moderno es una licencia que lo logra. Y si se cuida cómo se expresa todo, no tienen porqué cometerse barrabasadas con el lenguaje.

Los detalles del armamento medieval, de los trajes de época, de las comidas y desayunos, del día a día: ¿son menos rigurosas si no se habla de hasta la útima hebilla que tiene que desabrochar un escudero que desguarnece a su señor? Con la comida suele haber problemas, no existia en épocas pasadas la disponibilidad de alimentos como hoy en día; incluso la cultura imponía muchas veces los tejidos de las ropas, las modas.... 

Algunos defienden que ser riguroso es ser prolijo en detalles, muchos detalles, de todo tipo. Si al lector lo aburres con eso, entonces ese rigor, para mí, es Rigor Mortis. Has matado sus ganas de leer. Leerá las páginas en diagonal, evitando las descripciones y esperando que al menos los diálogos le aporten algo. Si no lo hacen tampoco, sólo faltará enterrar al muerto: abandonará el libro sin terminarlo.

Yo creo que ser riguroso consiste en que los detalles que aparezcan estén equilibrados con la trama y que tengan su razón de ser, y que cada detalle que menciones sea usado correctamente y con propiedad. Cada palabra en una página debe estar porque debe ser necesaria. Si no es necesaria, sobra. Si no está y se requiere, falta. Para eso están las correcciones.

Y podar la novela, para quitar lo que pueda sobrar, puede ser tan difícil o más que escribir la novela.

martes, 20 de agosto de 2013

Escribir una novela (XX): André Maurois (Emile Herzog), sobre el arte de escribir

Hace cuatro años escribí una entrada sobre qué pensaba André Maurois, pseudónimo de Emile Herzog, acerca de escribir. Hoy necesito recordarlo, pues me pesan las malas noticias (laborales y personales), que hacen que la vida sea más interesante y también más difícil, pues sin serenidad no se puede escribir: escribir es imaginar, y la mente no vuela libre si está atada al yugo de la exigencias de la vida moderna. A veces el yugo es más ligero; otras (hoy) me parece terriblemente pesado.

Así que unas reflexiones no me vendrán mal, buscando fuerzas en mi cansancio en este verano de sol aplastante y oficina que se me está haciendo eterno.



El Arte de Escribir, por André Maurois. 

Usted quiere aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.

Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, e introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente y el lector no le comprenderá.

La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios -y sobre todo en el Littré- que le darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea a los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliére, el cardenal de Retz, Saint Simon, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hugo. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.

No ensaye usted tener un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente. Guárdese de lo rebuscado y lo pedante. Nada echa más a perder un estilo. Diga simplemente lo que tenga que decir. Valéry ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor».

Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad», «tal hombre», es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada. Prefiera el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar este como lo han hecho Chateaubriand y Proust,  pero esto es difícil.

El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducid los preparativos al mínimo». Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Cómo comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán unos tras otros. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo.

Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio», y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine línea» (Ni un día sin una línea). Si uno no se propone sentarse cada día en su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso. ¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrá adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.

Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorística y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento. No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas. Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un  sujeto, un verbo y un complemento directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».

Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.

domingo, 9 de junio de 2013

Escribir una novela (XIX): Andrés Pérez Domínguez

El mundo está ahí afuera. No hay nada como una buena dosis de realidad para comprender cuánto me queda por aprender y por descubrir. En las ferias de libros me siento abrumado cuando veo las casetas llenas de libros, quizás con más libros de los que nunca leeré en mi vida y pienso: "Y todo esto son sólo las novedades de este año."

Como lector intento no agobiarme, pero sólo consigo incubar un sentimiento de tristeza por todo lo que nunca leeré.

Todavía me esperan muchos de los clásicos y de los recomendables, y otro tanto si me refiero a libros sobre teoría literaria. Leer es hacer como San Agustín: querer volcar en un diminuto agujero en la playa todo un oceáno. Una empresa imposible de llevar a un término final. Pienso a veces si escribir sin haber leído todo los recomendable de lo que me ha precedido es sólo un deseo movido por la soberbia de emular a los que sí he leido.

Conocer a autores que han conseguido hacer de la escritura una profesión y un modo de vida es estimulante. Ellos nos pueden hablar sobre qué significa para ellos escribir, y por eso hoy traigo, no mis reflexiones, sino a un autor para que nos hable de sí mismo y su escritura. Hoy hablamos con Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969), escritor conocido principalmente por sus novelas entre las que destacan varios thrillers. Es también autor de narrativa breve y colabora en prensa escrita y radio. Ha ganado numerosos galardones tanto por su obra de ficción como periodística.





1.- Con diversas novelas, relatos y cuentos en tu haber, varios de tus libros se ambientan en la Segunda Guerra Mundial (“El violinista de Mauthausen”, “La clave Pinner”, “El factor Einstein”, “El silencio de tu nombre”), ¿de dónde surgió ese interés por esa época? ¿Tienes algún autor cuya lectura te haya empujado a adentrarte en esos años convulsos?

—He de puntualizar que no se trata de la Segunda Guerra Mundial exactamente, sino de un periodo que abarca desde los años 30 a los 50 del siglo XX, y que, efectivamente, no se trata de todos mis libros. Es un momento histórico que me gusta, en el que me siento cómodo, y sobre todo me resulta útil para explorar cuestiones como la amistad, traición, culpa, aventura, tensión narrativa, etc. La guerra en sí misma no me interesa. Sin embargo, el mundo del espionaje durante esos años sí me resulta particularmente atractivo. Hay dos autores que empecé a leer de muy jovencito, Graham Greene y Le Carré, que de alguna manera han influido en mi narrativa, espero…

2.- Se suele comentar que no hay escritor que no escriba, más tarde o más temprano, sobre otros escritores o sobre la literatura, en tu caso “El síndrome de Mowgli”, donde homenajeas a Kipling, con un protagonista que lucha por encontrarse en un mundo del que siente ajeno. ¿Es quizás una novela más personal?

—De alguna manera, sí, igual que algunos cuentos o novelas breves mías menos conocidas. Pero también son personales obras como El factor Einstein o La clave Pinner, por citar dos ejemplos, pues en todos mis libros hay mucho de mí mismo, algo que, a partir de ciertos detalles, sólo puede ver la gente que me conoce bien.

3.-“La clave Pinner” fue la novela que te dio a conocer al gran público. A muchos nos gusta escribir, pero no es una afición tan fácil y glamurosa como parece a simple vista y sí con mucho trabajo previo, que en general el público no ve ni conoce. ¿Puedes hablarnos del origen de tu interés por la escritura y de tus esfuerzos, hasta llegar publicar tu primer libro? ¿Sufriste mucho?

—En primer lugar, no debería ser una afición. Escribir es mucho más serio que eso. Yo al menos le tengo mucho respeto a esta profesión. Efectivamente, el trabajo diario de un escritor no tiene nada de glamuroso, pero la mayoría de la gente sólo ve el resultado final, las entrevistas, las firmas, el éxito, tan esquivo y azaroso siempre. Por eso me hace gracia que muchos quieran ser escritores pensando en el resultado, en la fama (si es que un escritor se puede considerar famoso, que esto daría para un debate), cuando eso es una consecuencia de un trabajo, y casi nunca sucede. Yo sobre todo soy un lector, y creo que un escritor es un lector pasado de rosca, con ganas de contar las cosas a su manera. A mí es la ilusión de contar historias y que los lectores las disfrutasen fue lo que me impulsó a ser escritor, lo que aún me motiva cuando me siento a escribir. Quizá eso sea lo principal, y acaso lo único, para escribir. Yo tuve la fortuna de ganar muchos certámenes literarios, y gracias a eso mantenerme de la literatura durante algunos años, pero hace ya mucho de eso. No fue fácil, trabajaba cada día esforzándome por hacerlo mejor, igual que ahora vaya. Publiqué media docena de libros en instituciones que habían convocado los premios que tuvieron la suerte de ganar, y La clave Pinner, la novela que me dio a conocer al gran público en 2004, antes estuvo tres años dando tumbos, siendo finalista de premios importantes. Luego se publicó, tuvo muchos lectores, y hoy, nueve años después, sigue viva, pero nunca ha sido fácil, ni entonces ni ahora. Y lo único que vale es seguir trabajando si crees en lo que haces. Y tratar de ser objetivo con tu propia obra. Que tus libros te interesen a ti, a tus amigos o a tu familia no tiene por qué significar que vayan a interesar a los lectores. Pero creo que ahora es un poco más fácil publicar que cuando yo empecé: hay más editoriales pequeñas y dinámicas con presencia en las librerías. Eso antes no era tan habitual. Pero quizá, como decía hace poco Lorenzo Silva en una entrevista, hay demasiado amateurismo.

4.- El escritor Teo Palacios ha iniciado un programa de radio sobre literatura, y uno de sus secciones se llama “Los escritores también comen”, con cuyo título se reivindica que toda actividad creativa debería llegar a ser una forma de vida. Así que si puedes, dinos, ¿qué veríamos si abriéramos tu nevera? ¿Qué nos llamaría la atención?

—Bueno, procuro comer sano… Me cuido y hago mucho deporte. Nunca falta leche, que es mi bebida favorita. Fue un préstamo que hice a Rafael Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli… con lo que, bien mirado, sí, ésta es mi novela más personal…

5.- Esta entrevista la incluyo en una sección de mi blog que se llama “Escribir una novela”. ¿Puedes contar a los visitantes de mi blog, brevemente, cómo te organizas para escribir? ¿Qué rutina diaria sigues? ¿Y tienes un procedimiento?

—Soy muy disciplinado. Procuro hacerlo por las mañanas, tener unas cuantas horas en las que pueda dar lo mejor, concentrado al máximo. Pero no soy maniático, y si tengo que adaptarme a otro horario, lo hago. He escrito mucho en trenes, aeropuertos, hoteles y estaciones. No tengo por qué hacerlo siempre en mi despacho. Sí me gusta escribir a mano el primer borrador. Me gusta el contacto de la pluma con el papel. Luego lo voy pasando a ordenador, diariamente, si puedo.

6.- ¿Se puede vivir de la escritura? Porque hablar con alguien que lo hace me parece extraordinario, se oye cada vez más que esta forma de vida está en extinción.

—Yo hasta ahora lo he conseguido, y que me quiten lo bailado… Pero el futuro del oficio no está claro: la crisis, la piratería, el cambio de modelo a lo digital, si llega a suceder (yo sigo prefiriendo el papel). Pero no se trata de quejarse. Todos los sectores lo están pasando mal ahora. Yo escribía cuando no me leía nadie, y supongo que seguiré haciéndolo si no hay un editor que apueste por mi obra. Lo haré porque me gusta, porque me ayuda para muchas otras cuestiones que ahora no vienen al caso. Y si no puedo comer de la escritura, pues qué le vamos a hacer, me buscaré la vida de otra forma. Espero que no, pero no pasa nada por eso. He hecho otras muchas cosas antes de dedicarme a escribir.


7.- Yo tengo la convicción que existen alimentos que estimulan el cerebro y la escritura, y supongo que cada autor tiene sus gustos propios. ¿Con qué alimentas, literalmente, tu creatividad?


—Yo creo que basta tener los ojos bien abiertos y comprender que cualquier material puede ser literaturizable. Todo lo que hay en el mundo (lo que vivimos, lo que vemos, los que nos cuentan, lo que leemos o lo que soñamos) nos puede servir.

8.- Sé que prefieres no dar consejos, pero te invito a que comentes a mis visitantes qué es lo más importante para ti a lo hora de decidirte a comenzar un nuevo proyecto literario, una regla o axioma que tú sigas a rajatabla.

—No me gusta dar consejos, es verdad, pero bueno, te diré que basta que me interese a mí como lector. Como yo como lector soy muy exigente, supongo que con eso ya es importante. Pero nunca se sabe lo que puede pasar, y es parte de la magia de este oficio.


9.- Por último, háblanos sobre cuál de tus novelas supuso una mayor implicación emocional y qué podemos encontrar en tu última novela “El silencio de tu nombre”

—Te puedo decir en cada novela me implico por igual, al menos durante las horas que estoy escribiendo, y no hay una en la que me haya implicado más que otra porque me esfuerzo en meterme en la piel de cada uno de mis personajes, y eso me enriquece mucho, como si viviera muchas vidas a la vez. Lo que sucede, extrañamente, cuando vas teniendo experiencia en este oficio, es un raro desapego, un distanciamiento emocional útil que te hace ser mucho más objetivo con tu propia obra. El silencio de tu nombre, mi novela más reciente, es una historia de amor básicamente, desde el propio título, que viene a significar que a todos nos llega en la vida un momento en que nos quedamos solos y en silencio y nos descubrimos pronunciando el nombre de la persona que amamos, y entonces sabemos que estamos perdidos. Claro, esta metáfora, que puede estar muy bien, no puede ser una novela por sí sola, sino que tengo que contar una historia en la que el lector disfrute y saque sus propias conclusiones. Yo elegí a Erika Walter, la viuda de un agente secreto alemán, que en enero de 1950 deja su casa en Salzburgo para presentarse en Madrid con unos documentos que implican a altos cargos nazis exiliados en España. Su amante, Martín Navarro, héroe de guerra exiliado y miembro del PCE, dejará su apartamento de París para buscar a Erika en España y averiguar qué está pasando. Lo hace porque a él le he llegado el momento de El silencio de tu nombre, porque varias veces cada día se descubre pronunciando el nombre de Erika y no puede sino ir a buscarla.

10.-Gracias por todas tus respuestas y tu tiempo.

—Ha sido un placer.

Andrés Pérez Domínguez
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domingo, 26 de mayo de 2013

Escribir una novela (XVIII): La importancia de la paciencia

Este fin de semana estoy organizando varios proyectos relacionados con los libros y el mundo de la novela, espero pronto deciros buenas noticias, y precisamente por eso, por ese boom de energía positiva que tengo ahora mismo (a ver lo que dura, que mañana es lunes y no son días fáciles) quiero hablaros de una cosa muy importante cuando uno desea escribir: la paciencia.

Hace unos días anunciaban por facebook en una importante editorial española que en la próxima Feria del Libro de Madrid contarían con la presencia de una autora internacional muy conocida y animaba a todos sus lectores a acudir tal día a su stand, "para estar cerca de ella y cumplir así tus sueños". Me llamó mucho la atención. Por un lado, sigue mostrándose esto de escribir como algo lleno de glamour, pomposidad, fama y vanidad. Se promueve así la escritura como un sueño que muchos tienen de lograr reconocimiento de los medios y del público, rodearse de lectores que se les acerquen con ojos brillantes de emoción en busca de su contacto, de sus palabras y de su autógrafo.

Por ejemplo. Para conseguir ese fin, como el mundo editorial tradicional tarda tanto en respoder, la autopublicación se presenta como un camino para lograrlo de forma rápido, ya, ahora, instantánea. Hazlo, ya no tienes que esperar más, ¡publica por ti mismo! Y acércate más a cumplir tu sueño de ser como ellos, un escritor que acude a ferias y firma sus libros. Cuando esto se muestra así, sin más, a mí me parece publicidad engañosa.



Será que con más experiencia en este blog y en el mundo de la escritura, tengo cada vez más recelo y cuidado de los cantos de sirena. Nos gusta escribir, eso está bien. Soñemos despiertos: a todos nos gustaría que, con nuestro primer o segundo manuscrito, alcanzáramos una cumbre literaria, codearnos con Homero, o con Cervantes, o con Shakespeare; saborear las mieles del éxito y del reconocimiento; fantasear con el Nobel. Esa frase "y cumplir así tus sueños" es engañosa, todo parece ídilico y sin esfuerzo. Pero soy realista, piso la realidad, mi realidad. No creo que un gran fin se logre a la primera y con poco esfuerzo, ya sea buscando la autopublicación o a través de las editoriales tradicionales. Y por eso mismo no creo que debamos tener prisa por escribir nuestra novela.

No digo que no se pueda escribir deprisa. Si tenemos bien organizado nuestro guión, si tenemos claro lo que queremos contar y cómo nuestros personajes van a cobrar vida, si sabemos dónde colocar los giros y el clímax, si conocemos la importancia del desenlace; si todo eso lo hemos pensado antes, podremos escribir muy, muy rápido. Pero será sólo será el primer borrador, y luego llegarán varias revisiones más, y después un tiempo necesario de reposo y olvido (semanas, meses, años), antes de volver a mirar con ojos diferentes todo lo escrito. Y quizás, hacer nuevos cambios y nuevas revisiones.

Pero, ¿y si no hemos pensado en todo eso antes? 

Cada uno debe encontrar su ritmo, pero yo creo que hay que ser paciente antes de dar a conocer a nuestra criatura. Y en esta época de prisas y ansias, ser paciente y no sufrir el acoso de la premura, sino disfrutar de lo que se escribe, tardemos lo que tardemos en llenar la última página, es la forma de lograr un buen manuscrito. Que aunque sea un bonito aliciente, en esto de escribir no es importante el fin último, sino el largo camino que hay entre medias.

Esta semana respondí a una entrevista sobre "El señor de Castilla", y en la última pregunta me pedían una reflexión hacia los que aspiraban a ser escritores como yo (¡!). Esto les respondí:

"Lector que quieres escribir, yo te diría que lo más importante es que no te deslumbre un deseo de vanidad o fama. Sé humilde y sé sincero, ¿por qué quieres escribir? Escribir es una tarea solitaria, muchas veces ingrata y que en general no da de comer. Escribe si tienes personajes que gritan dentro de tu cabeza y porque necesitas plasmarlos en una hoja. Y recuerda una cosa: cuando escribas, lo más importante eres tú. Escribe lo que a ti te gusta, como a ti te gusta, sobre lo que a ti te gusta. Sin pasión tu escritura será pobre. Pon pasión en ello y disfruta, tú antes que nadie, de lo que estás escribiendo. Nada más importa."

domingo, 14 de abril de 2013

Escribir una novela (XVII): reflexiones y una biografía

Este fin de semana he leído cuatro artículos en diferentes blogs y medios digitales donde se comenta la difícil situación del mundo editorial y literario. Concuerdan en la misma conclusión: el escritor que vive de sus letras exclusivamente es una especie en extinción. Los superventas, que son los que mantienen a las editoriales permitiendo que éstas apuesten por nuevas promesas, cada vez venden menos; los autores de nuevo cuño languidecen en formato impreso. Se va a imponer lo que uno de los artículos llama escritores de clase baja: trabajadores de lunes a viernes, escritores de fin de semana, y se señala que si no hay escritores 100% dedicados a sus letras, menguará la calidad de lo escrito.

Esa afirmación me parece un menosprecio intolerable a la inmensa mayoría de gente que disfruta escribiendo cuando puede. Quien hace esa afirmación parece que viva en una burbuja. Yo soy un escritor de clase baja y no veo nada deshonroso en ello. ¿Se puede escribir una obra de calidad, estando ligado laboralmente a otra actividad? Rotundamente, sí. Estos años he conocido numerosos compañeros de afición que compaginan trabajo y afición. ¿Se es menos escritor de calidad, menos profesional de las letras, no estando dedicado a la escritura al 100%? Yo creo que se puede dar el 100% en todo aquello que uno se sienta realmente involucrado. ¿Que sólo se pueden escribir 15 páginas a la semana en vez de 30? Bienvenidas sean.

También conozco a autores que han apostado por ser sólo digitales, y no por ello dejan de ser grandes autores, refrendados por miles de lectores. Que el libro de uno no esté impreso no tiene por qué ser señal de menos calidad.

Yo personalmente, soy realista. Veo muy lejano eso de vivir de las letras (y actividades paralelas), y tener otra actividad, otro trabajo, a mí me proporcionaría la tranquilidad necesaria para concentrar mi mente en escribir, en las pocas horas que pueda dedicarle. Tener un Plan B, aparte de la literatura (y viceversa, tener un Plan B, aparte del trabajo). Es mejor no tener todos los huevos en la misma cesta, no sea que se rompa la cesta.



¿Y si se rompe la cesta? Creo que buscaría un nuevo trabajo, para tener ese Plan B, en vez de concentrar todo mi tiempo en escribir. La certidumbre de tener un ingreso fijo, aunque sea pequeño, es necesaria para disolver mis ansiedades y poder escribir con tranquilidad de espíritu.

Todo esto se relaciona con el tema de la entrada. Toda esta incertidumbre que vivimos en nuestros días es aplicable a nuestra novela. De hecho no vivimos encerrados en un cuarto sin ventanas con un flexo y un ordenador encendido (o sí), hay vida a nuestro alrededor, la gente de nuestro entorno interactúa, sufrimos y maldecimos, aspiramos a cambios en nuestras vidas; a veces se producen cambios que nos imponen y otros los decidimos nosotros. Todo ello genera emociones que debemos usar, consciente o inconscientemente, en nuestros personajes.

Y eso es bueno. Experimentar, sufrir, probar nuevas cosas, sufrir y gozar, llorar y reír, apretar los puños por impotencia, gritar; reirnos del destino. Decidir. Caer. Levantarse. Nada hay más a mano que nuestras propias experiencias para modelar nuestros personajes, nuestras escenas, nuestros capítulos. Yo creo que todos los que escribimos reflejamos parte de nuestra biografía en nuestros escritos, eso nos ata más a los personajes. Yo así lo hago; y al dar fin a una novela uno queda exhausto emocionalmente.

Es al dejarla reposar y volver a leerla, cuando el corazón me dice que me he entregado lo mejor que he podido, como he podido, a su creación. Que emociona; y que es digna de ser dada a conocer.

sábado, 2 de marzo de 2013

Escribir una novela (XVI): El mejor valor de un escritor

Sobre el mundo editorial, sobre los agentes literarios, sobre los autores indie, sobre los críticos literarios, sobre los distribuidores, sobre librerías, sobre el ebook frente al libro impreso, sobre los librinos, sobre el DRM sí o no, sobre e-marketing, sobre best-sellers, sobre autores contentos, sobre autores airados, sobre portadas, sobre correctores, sobre tramas, sobre secuelas, sobre adaptaciones, sobre editores, sobre listas y listas, sobre la ambición de estar en esas listas, sobre la envidia de no estar en ellas, sobre el anonimato, sobre los foros de libros, sobre las páginas de reseñas, sobre unos, sobre otros...

Sobre tantas y tantas cosas se pueden encontrar cada día entradas y más entradas en la Red que a veces me cuesta distinguir cuáles me aportan algo nuevo, algo verdadero, una aportación positiva para mí y mi escritura, y cuáles no. No hablo por nadie más que por mí, y mi pobre bagaje. La Red puede aportar mucho, o no aportar nada más que distracción y ruido.

En las últimas quince entradas sobre este tema he realizado reflexiones sobre la escritura de una novela. Antes de tener internet, no había tanto información (tanto ruido) en nuestras vidas. Ahora, a veces todo es más confuso que antes. Hay pros y hay contras.

Ser positivo es difícil en estos días bizantinos. A veces pienso que escribir es una actividad insana: te da una vida; te quita una vida. Las dos igual de reales, igual de existentes. Eso es lo maravilloso de la escritura, te acerca a otras realidades, pero exige. La escritura es una amante exigente.




Muchos de los que disfrutamos escribiendo lo hacemos como actividad secundaria. Me doy cuenta en mi vida laboral cotidiana cuánta gente opina lo mismo: si algo ha aumentado mucho, es la desconfianza en todo, en los otros. La falta de confianza en el otro, en lo que dice, en lo que propone, en lo que hace, en un sistema económico y social que se basa en el crédito (en el creer en el otro), es el inicio del colapso de dicho sistema. Cómo se recupera la confianza es algo que se me escapa; pero creo que empieza por uno mismo. Por esforzarse en ser confiable. Y esto que pienso creo que es aplicable a todas las profesiones, a todos los ámbitos, a todas las personas y situaciones, pero hoy quiero reflexionar sobre esto aplicado al mundo editorial.

En estos días, creo que el mejor valor del escritor es que, con su trabajo, sepa generar Confianza, y que ésta sea correspondida de forma sincera:

-entre autor y lectores, que confían en que ese autor que les gustó, les volverá a gustar con su nueva novela. Que la idea y trama tendrán algo original que les aportará algo que quedará en su vida después de terminada la lectura.
-entre lectores y autor, quien confía en que dando lo mejor de sí mismo, ofreciendo nuevos personajes y nuevas perspectivas, disfrutando en su escritura en todo momento, conseguirá un nuevo manuscrito diferente que gustará a los que ya antes confiaron en él.

-entre autor y agente literario, que confía en que un buen hacer resulta en un valor añadido que beneficia al autor y en la mejor defensa de su obras y sus intereses, y por ende al propio agente. Que confía en la materia prima del autor y su potencial, y en su habilidad y potencial en la escritura.
-entre el agente literario y el autor, quien confía que estará informado puntualmente de cuanto acontezca de sus manuscritos, del estado de su promoción, de sus ventas, y que la buena labor de su agente le permita centrarse exclusivamente en escribir. Que será sincero con la valoración de los manuscritos y que aportará ideas y sugerencias de buena fe; y si le ve potencial, luchará por la publicación del manuscrito.Y que eso, que da valor añadido, da sentido a la figura intermediaria de un agente literario.

-entre el agente y la editorial, quien confía que si una agencia le ofrece una obra, es porque profesionalmente le han visto un futuro, por ofrecer un algo diferente, algo por lo que suspiran los lectores y que se adapta a las tendencias que quiere desarrollar la propia editorial, que cuente con la aceptación multitudinaria de los lectores.
-entre la editorial y el agente, quien confía en que las liquidaciones de sus representados se presenten puntualmente en plazo y sean claras y explicativas, y en que esos manuscritos, de ser aceptados, cuenten con una buena materialización (en papel, en ebook), una buena promoción, una distribución, un buen precio de cara a los lectores.

-entre el autor y la editorial, que confía en que el manuscrito recibido esté lo más pulido posible, y que aquél colabore de buena fe y en buena sintonía con la revisión de galeradas, de portada, de mapas y otros detalles dentro de los plazos que exige la publicación de un libro. Que confía que aporte de forma activa ideas y sugerencias para la promoción de la obra; que aquél se ofrezca a cuanta labor de promoción promueva la editorial. Que confía en que, si la obra gusta, el autor desee repetir con la editorial.
-entre la editorial y el autor, quien confía que tendrán en cuenta sus sugerencias y también sus explicaciones si tiene reticencias a algún cambio dentro del manuscrito; que confía en la profesionalidad de los correctores, de los ilustradores, de editores y comerciales, y en la transparencia en las liquidaciones anuales. Que confía que el resultado final colme sus sueños.

Si se crea y mantiene en pie toda esta cadena de confianza, el resultado valdrá la pena. Si el escritor, que es punto de donde parte todo, consigue que esta cadena de confianza aparezca y perdure, se convertirá en su mejor valor. Al menos, ésa es mi reflexión personal.

En el aire dejo una pregunta para la reflexión: ¿qué sucede si alguno de los eslabones de esta cadena se rompe?

domingo, 6 de enero de 2013

Escribir una novela (XV): sensaciones y volumen

Bienvenidos, lectores, a la primera entrada de este año 2013. Días de prisas, encuentros familiares y días de hacer balance de lo que ya ha quedado atrás, y de lo que va a llegar en los próximos días, semanas, meses... Soy pesimista en conjunto. No me parece que 2013 mejore nuestro ánimo. Sí creo que 2012 nos ha mostrado lo que cabe esperar en el próximo lustro:

-Incertidumbre.
-La importancia del día a día, de estar abierto a cambios.
-Aprender a vivir con menos.
-Y sobre todo, saber valorar por encima de todos los problemas las cosas importantes y que nos aportan una Ilusión y un deseo de Cambio que nos dé fuerzas: el amor, la pareja, los hijos, la familia, los amigos; tener al menos una afición.

Una de esas cosas, para mí, es la lectura y la escritura.



Seguimos escribiendo nuestra novela. Cuando desarrollamos nuestros personajes, hemos de cuidar los diálogos. Es muy importante evocar en el lector sensaciones, apelar a sus sentidos y ayudar así a dar volumen a los personajes, hacerlos reales. Los diálogos en general permiten:

-Dar datos al lector.
-Mostrar pinceladas de la personalidad de los personajes.
-Manifestar qué piensan los personajes.

Ahora bien, no se trata sólo de dar información, sino de transmitirla evocando el oído, el olfato, el tacto, la vista y el gusto. Sólo así podremos conseguir que el lector se sumerja en la novela. La forma como yo lo hago es intercalar acciones de los personajes mientras hablan, y con esas acciones sensaciones. Hay que conseguir que los diálogos no sean robóticos: yo hablo, tú hablas, yo hablo, tú hablas...; que no sean personajes incorpóreos, sino que tengan volumen y que se hagan humanos.

Os pongo un pequeño texto de ejemplo:

-Ahora contadme qué sucedió -preguntó el canciller.
-El rey rechazo la propuesta. No quiso escucharnos y ordenó a sus caballeros que le siguieran hasta Atienza, donde le esperaba su amante.
-¿Pero está loco, qué le ha sucedido a mi ahijado, qué mal se ha adueñado de su voluntad?
-No sólo eso, canciller. Ha seducido a la hija de otro noble, le ha propuesto matrimonio, y después de comprar la voluntad del obispo, la ha convencido para ser desposada...
-¡Bigamia! -interrumpió el canciller.
-... y celebrando un matrimonio falso, esa noche se ayuntó con ella. Y desfogadas sus ansias, ¡la ha abandonado, para correr de nuevo a brazos de su amante!
-No es posible todo lo que cuentas. ¡Qué infamia! ¡Qué ultraje! Ahijado, bebo por ti -el canciller alzó una copa-.¡Yo te maldigo!

El mismo texto, pero retocado con "detalles":

-Ahora contadme qué sucedió -preguntó el canciller, llevándose las manos a la frente arrugada de preocupación y cerrando los ojos. El emisario tragó saliva antes de hablar o acaso era bilis amarga debida al miedo.
-El rey rechazo la propuesta -el canciller movió una ceja, interrogativamente-. No quiso escucharnos y ordenó a sus caballeros que le siguieran hasta Atienza, donde le esperaba su amante.
-¿Pero está loco, qué le ha sucedido a mi ahijado, qué mal se ha adueñado de su voluntad? -su voz vibraba con ira creciente. Al silencio del emisario bajó las manos, miró al emisario y le hizo un gesto de que continuara. Las piernas del emisario temblaban.
-No sólo eso, canciller. Ha seducido a la hija de otro noble, le ha propuesto matrimonio, y después de comprar la voluntad del obispo, la ha convencido para ser desposada...
-¡Bigamia! -interrumpió el canciller, levantándose con los ojos asombrados de la silla de madera pulida. A grandes pasos recorrió el despacho como un lobo enjaulado, alzando ecos con sus pasos sobre la solería cerámica. Se llevó la mano a la empuñadura de la espada, rozando con sus yemas el tahalí de cuero rugoso y el emisario comenzó a sudar, temiendo por su vida.
-... y celebrando un matrimonio falso, esa noche se ayuntó con ella, desvirgándola -el canciller detuvo sus pasos. Se volvió hacia él-. Y desfogadas sus ansias, ¡la ha abandonado, para correr de nuevo a brazos de su amante!
-No es posible todo lo que cuentas. ¡Qué infamia! ¡Qué ultraje! -las voces atrajeron a los soldados de guardia. El emisario se retiró lentamente hasta que su espada topó con la pared encalada, alejándose del canciller que con la mano temblando cogió la copa llena de vino que tenía sobre la mesa-. Ahijado, bebo por ti -el canciller alzó una copa y la apuró de un trago, bebiendo el vino rubí de fuerte regusto, soltándola bruscamente sobre la mesa encerada.-.¡Yo te maldigo!

Lo ideal sería un texto intermedio entre el primero y el segundo, ¿por qué? Un exceso de detalles puede distraer al lector de lo que se pretende comunicar con el diálogo. Dependerá de la importancia que el diálogo tenga para la trama y su extensión. Si los personajes que intervienen ya se conocen y están definidos previamente, puede que no sea necesario dar detalles extras, eso aumentará la agilidad del diálogo y de la lectura. Por el contrario, si el diálogo es largo, es necesario dar algunos detalles sensoriales para que el lector no se aburra.

Una regla que puede usarse es tener en cuenta las "paradas respiratorias". En texto diálogos son continuos. En la vida real, eso no es así; hacemos paradas para respirar y para pensar. Se puede emplear ese momento de "parada" para introducir en el texto el "detalle sensorial", y así no interrumpir la atención del lector.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Escribir una novela (XIV): literatura positiva

Hoy voy a hablar sobre el tono literario. Estamos escribiendo nuestra novela y ya hemos avanzado mucho en su desarrollo, su estructura, los personajes y diálogos... pero no hemos hablado sobre cómo podemos expresar todo eso.

No me refiero a una cuestión de estilo. Me refiero a cómo expresar nuestra ideas. Podemos construir frases de distintas formas, todas gramaticalmente correcta, pero sólo una de ellas nos servirá para transmitir no "información", que es algo tangible, sino un "sentimiento", que es algo inmaterial. No se trata de decir que Fulanito hizo algo y por eso sucede un conflicto en la novela; se trata de transmitir al lector una emoción, que es algo inmaterial y sin embargo es lo que más ayuda a que un lector se sumerja en una lectura.



Emociones. Debemos ser capaz de hacer que el lector experimente emociones y si es posible trasmitirle algo más, y no con palabras textuales, sino de forma indirecta y sutil. No se trata de decir:

"Entonces Manuel sintió que la desesperanza le embargaba, al encontrar a Julia muerta. Nunca se había atrevido a abandonar a su mujer y declarar su amor; y ya era tarde. Se sentó a los pies de la escalera y se echó a llorar"

sino:

"Él había atravesado toda la ciudad y la había encontrado demasiado tarde. Habia tardado años en decidirse a presentarse ante su puerta, de desvelarle que nunca la había olvidado; que su matrimonio había sido una farsa desdichada que no le había traído felicidad ya que su rostro, su sonrisa, su cuerpo en extásis en aquella única noche que le había hecho el amor, no le abandonaban y se le aparecían noche tras noche en su alcoba atormentándole. Su mujer le había abandonado, convencida al fin de que era Julia quien palpitaba en sus recuerdos; y en la soledad de la traición silenciosa, una vez acalladas las voces de su conciencia, decidió buscarla tras décadas de autoengaño. Sí, la había encontrado. Entre el fragor de las bombas, de los niños suplicando pan, de los humos de los incendios que teñían las nubes de rojo, de la llegada de los tropas nacionales, Manuel había preguntado por ella, pugnando por liberar sentimientos ocultados cincuenta años; sus manos ya no eran jóvenes, su piel ya no era tersa, sus cabellos habían perdido el color pero era ella, la que reposaba bella como un ángel, amortajada y fría en el velatorio entre cirios negros y crespones de luto. Había desperdiciado su vida, sus esperanzas, su futuro y la guerra lo destruía todo. Luego supo que murmuró su nombre con su último aliento, y fue demasiado para él. Alejándose de las plañideras y sus sollozos, se sentó a los pies de las escaleras y se echó a llorar."

Se debe rodear al lector de emociones, el escenario debe mostrarse tal y como lo perciben los persoanjes, quienes hallan en él reflejo de sus sentimientos interiores.

Por ejemplo, en novela histórica suele predominar la narración donde las peripecias vitales de personajes anónimos se entremezclan con los de grandes hechos históricos, y donde predomina un tono trágico de la vida. Toda la vida es lucha, es cierto. En cualquier narración el Conflicto rodea a los personajes obligándoles a actuar para sobrevivir y superarlo. Aquí es importante el tono narrativo. Los lectores pueden leer como evasión de la realidad, o como búsqueda de una analogía de la realidad que le ayude a comprenderla:

1.-Puede ser un tono de resignación ante la vida, con final de la novela que acaba de forma tráfica para ellos, muy similar a los grandes dramas griegos de la antigüedad, también muy "shakesperiano". Puede decirse que, como la realidad es Gris y Deprimente, una novela con un tono negativo de la existencia encaja bien en los ánimos de los lectores, se identifican mejor con las penurias de los protagonistas.

2.-Puede ser un tono de no resignación, de presentar a los lectores personajes con afanes y luchas que incluso en plena tragedia aún guarden un halo de esperanza. Y como es literatura, que la novela tenga un final positivo. Se trata de dignificar la vida, la existencia. Mientras hay vida, puede haber esperanza de cambiar nuestro sino, nuestro destino; y eso está en nuestras manos. Esto es lo que yo llamo "literatura positiva", en la cual los lectores encuentran una reflexión que les anima y les alimenta el alma.

A la hora de escribir, pues, es importante tener claro qué tono literario queremos transmitir al lector con el conjunto de la novela.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Escribir una novela (XIII): un poco de filosofía

Este año me he animado a participar como lector y comentarista en un concurso de relato corto de novela histórica. Es sorprendente la creatividad que fluye a nuestro alrededor. Los relatos exploran hechos históricos poco conocidos, o bien conocidos desde una perspectiva diferente y original, incluso los hay que fusionan géneros como ucronía-ficción, fantasía o mito histórico.

Cuando uno se plantea escribir sobre una época pasada, que no conoce en su vivencia vital y de la que la documentación no ofrece los detalles del día a día, surgen dudas sobre cómo enfocar dicha historia. Esto ha generado en el foro del concurso jugosos debates sobre qué puede se admisible y qué no en un relato de corte histórico:

-Lo primero que debe lograr el autor es la verosimilitud. Algunos opinan que esto se logra usando únicamente datos históricos, sin cabida para la imaginación o creatividad. Otros del foro consideran que la verosimilitud se logra, no usando todo lo conocido de esa época, sino no cayendo en contradicciones ni en incoherencias históricas.



Yo discrepo de ambas posturas. Creo que la verosimilitud es, sencillamente, que el lector se crea lo que lee. Que se lo crea todo, y de tal forma que todo le resulte coherente. Y entretenido, por supuesto, ya que no debemos olvidar que hablamos de un relato (o de un germen de novela), no de un ensayo academico y científico. Se permiten licencias al autor. Incluso puede suceder que lo que cuente el autor no sea correcto ni se ajuste a la Historia, y sin embargo, que logre que sea verosímil. Puede que al autor haya querido contar su historia de tal o cual forma, o quiera reinventar un hecho histórico. ¿Puede hacerlo? Puede. Y si lo hace de forma verosímil y coherente, puede convencer al lector.

Por mi parte, aún así, lo ideal es conciliar verosimilitud narrativa e histórica. Vale, resulta que de entre todos los lectores, sólo los catedráticos de tal especialidad se van a dar cuenta de que lo que cuenta el autor no es Verdad Histórica. Incluso a esos hay que respetarlos, es mi postura: escribe sencillo para todos los niveles, y lo que escribas sea válido para todos los lectores, tanto los más cultos y leídos como los más "novatos" en Historia.

-Se habla de la importancia de los detalles, sobre descripciones de época, sobre geografía y sobre el habla diaria. Éste detalle, el de los diálogos, es importante. De la Historia tenemos aquello que ha quedado escrito. ¿Y el habla diaria? ¿Quién sabe cómo hablaba un humilde panadero en época griega en la Alejandría de los faraones? ¿Hablarían cultamente como recoge "La Odisea" de Homero? ¿No tendrían más bien un habla vulgar, como nosotros, con expresiones del día a día, exabruptos e insultos? ¿Les importaría el sexo, la politica, los deportes, como a nosotros?

Claro, como de ese habla vulgar no ha quedado constancia, ¿quién puede criticar a un autor por hacer que un personaje de exprese de tal o cual forma? Es importante que no haya, ese sí, anacronismos, expresiones impropias de esa época o de esa cultura. Nosotros mismos hablamos de forma diferente si nos dirigimos a una autoridad o a un juez, que al vendedor de fruta de la esquina o al colega de cervezas (o de taberna), y eso creo yo, debe tenerse en cuenta la dar vida a nuestros personajes.

-Además, debe escribirse de cara al lector, y no abusar de cultismos o de metáforas rebuscadas. El lector quiere disfrutar con la historia. Lo importante es el núcleo de lo que se cuenta, sí, pero también es y mucho cómo se cuenta. Faltas de ortografía, expresiones anómales, y frases interminables de decenas de líneas descriptivas son maleza que no deja ver el bosque. Y el lector, ansía respirar el aire puro de un buen bosque.

sábado, 11 de febrero de 2012

Escribir una novela (VIII): cambiando el guión

Después de tener claro la forma en que vamos a presentar a nuestros protagonistas y antogonistas, y de haber haber esbozado nuestro primer guión y comenzar el borrador, surgirán las primeras dudas. Un libro es un ser vivo, que siempre está cambiando, moviéndose, creciendo y menguando, al ritmo que lo hace el propio autor.

Es posible que lo que en el primer guión nos parecía una idea excelente a lo mejor en segunda o tercera relectura no nos sorprende tanto. Haremos cambios de guión, incluso los propios personajes implorarán por seguir sus propios caminos.



Os comento por ejemplo qué pautas sigo yo para modificar mis guiones iniciales:

-Los cambios de escenario y lugar han de tener continuidad, e intento que tengan su propia lógica interna. Por ejemplo, si la novela se ambienta en un futuro lejano, puede ser asumible que los protagonistas cambien de continentes, o planetas, o sistemas estelares, a lo largo de la historia como un algo habitual (por ejemplo, como sucede en la Guerra de las Galaxias, gracias a los viajes hiperespaciales). Si se ambienta en la Edad Media, el ámbito de la novela puede verse reducido a sólo unos cientos de kilómetros de distancia, como mucho, con una mula tozuda por tierra o un mal barco por mar como medios de transporte.

-Es muy importante no marear al lector con cambios continuos de ubicación de la acción, ni de personajes. Yo por ejemplo prefiero dedicar un capitulo centrado en los hechos de un personaje, antes de pasar a otro, a mezclar en un mismo capitulos las acciones de varios personajes cuando transcurren en lugares muy distanciados entre sí.

-Hay que equilibrar descripciones y diálogos. Las descripciones sitúan al lector, y los diálogos dan vida a los personajes. Es interesante crear "coletillas" para cada uno de ellos, que sirvan para darles personalidad, una psique, una forma de actuar, de pensar, de vivir. ¿Por qué? Porque deben ser humanos. Y los hombres no somos héroes perfectos.

-Los personajes han de parecer humanos, tener debilidades, incluso tener contradicciones. Han de cambiar, en su forma de ser, sus actitudes, a lo largo de la novela. Y todos esos cambios hay que explicarlos al lector, deben ser cambios graduales. De la noche a la mañana un cobarde no se hace valiente sin una razón. Hay que explorar esa razón, hacerla creible y tener en mente si esas razones influyen o influirán en otros personajes.



-Los giros del guión. La vida nos da sorpresas e incertidumbres a cada paso, y nos obliga a reaccionar. Igual debe sucederles a los personajes, lo dificil no es inventarse sucesos sino mostrarlos de forma que sean creíbles y a la vez sorprendan. Uno de los trucos que yo empleo para dar giros de guión son hechos naturales. Nada es más imprevisible que la naturaleza, ni la tecnología es capaz de preveerla. Terremotos, lluvias torrenciales, sequías, plagas, ponen a prueba a nuestros personajes y ellos asociarán esos sucesos con sus propios miedos, temores y esperanzas. Por ejemplo, un bosque en llamas en mitad de la noche, puede asemejar el ansiado Grial a un personaje del Medievo imbuido de tales creencias (eso sucede en un obra de Bernard Cornwell), o la aparición de una aurora boreal en latitudes bajas puede ser tomada como una revelación divina. En caso de la Edad Media el hombre se relaciona mucho más con la naturaleza que en un futuro tecnológico; el hombre medieval verá la mano divina en casi todos los hechos naturales.

Los giros deben sorprender, sí, pero dentro de una lógica, sin ser predecibles al lector, y eso es lo dificil de conseguir.

El guión se modificará muchas veces, según nuestra inspiración y necesidades, porque es una herramienta, no una coacción. Pero, cuidado; los cambios de guión traen a veces consecuencias en la trama. Cuando cambiéis el guión, se desatarán cambios hacia adelante y hacia atrás en la novela, como ondas en un estanque. Debéis ser cuidadosos al analizar lo que suponen.