Las últimas semanas han dado para mucho en asuntos literarios: se ha hablado y mucho de la piratería del libro digital; sobre el premio Planeta y la exministra González-Sinde como finalista; sobre las memorias de varios expresidentes de gobierno (Aznar, Zapatero) que salen hoy tras recibir jugosos adelantos que no es probable que sus editoriales recuperen con las ventas; sobre la primera sentencia (hoy día 7 de noviembre) contra el administrador de una página ilegal de enlaces de descarga; sobre el aniversario de Cernuda y de Camus.
¿Dónde están las referencias a:
-2º Certamen Internacional de Novela Histórica "Ciudad de Úbeda", en Úbeda (Jaén) (del 16 al 24 de noviembre) (ver AQUÍ)
-2º Edición Encuentro Literario "Un otoño de novela", en Córdoba (del 9 al 11 de noviembre) (ver AQUÍ)
-1º Encuentro "Barcelona Novela Histórica", en Barcelona (del 11 al 16 de noviembre) (ver AQUÍ)
-1º Jornadas "Escribir y Editar: del manuscrito al libro", en Granada (del 4 al 25 de noviembre)
que acercan lectores a autores, libros y almas? En vez de tanta efervescencia en torno a cuatro o cinco temas que al final no son otra cosa que ruido de carracas, hay que fijarse en todos estos encuentros que de verdad aproximan libros (en este caso yo hago hincapié en novela histórica, que es donde estoy a gusto) de forma postiva y dan ánimos y energías para seguir en esta afición. También en este lote están los diferentes cursos y talleres de escritura que comienzan ahora en otoño, al alcance de todos los interesados y sus bolsillos. Algunos autores compañeros de letras y amigos se han embarcado en esta actividad, tienen don para ello, por ejemplo tenéis en Sevilla a Teo Palacios / Concha Perea y su "Factoría de Autores", y en Granada a Antonio Martín Morales y su Taller de Narrativa.
Son todo ello eventos que cuentan con escritores veteranos y nuevas voces, todos con la misma ilusión y que hacen más (y más positivamente) por la Lectura y los Libros, que los sensacionalismos que son luces atrayentes que deslumbran sólo el momento y después se desvanecen.
En el mito de Teseo, seguro que cuando le dijo al rey Minos "voy a enfrentarme al Minotauro", aquél se debió de partir de risa. Debió ser algo así:
-Rey Minos, voy a enfrentarme al Minotauro.
-(Risas) ¿¿Tú solo??
-Yo solo.
-(Más risas en el salón del trono. Ariadna se inquieta junto a su padre y su madre la reina Pasifae) Claro, claro... tú solo. Lo conseguirás, claro que sí. Te muestras muy seguro; vamos, que no me lo creo. Pero ve, joven, ve. Si lo logras, Atenas dejará de pagarme su tributo en doncellas.
-¡Acuérdate de tu promesa, porque volveré! ¡Soy el hijo del rey Egeo de Atenas, y...!
-Claro, claro. (Qué iluso). Hijo de Egeo, cumpliré mi promesa. Ve al encuentro de la bestia (ya no hará falta que alimentemos hoy al monstruo).
Luego el rey Minos se lamentó de Teseo y toda su parentela cuando aquél mató a puñetazos al hombre-toro y salió del laberinto a través del hilo de Ariadna, y se la llevó a la fuga.
Con ese mismo entusiasmo y un poco de ayuda todos esos eventos mantienen esa ilusión, hacer posible lo que otros creen con pesimismo que será un fracaso. Y parecía tonto Teseo. La participación y asistencia de los lectores demuestra, contra los pronósticos de algunos sabios, que estos eventos interesan y son necesarios para elevar nuestro ánimo y espíritu en estos tiempos difíciles.
[PD: También os anuncio que participaré como autor invitado en el "Ciudad de Úbeda" el sábado 23 de noviembre, a las 12:30. Allí me podréis encontrar]
Pues sí, Hemingway fue rechazado veintisiete veces, veintisiete nada menos, veintisiete editoriales que lo descartaron mondo y lirondo. Que luego ganara el premio Nobel de literatura no es lo importante, sino que encajó veintisiete derrotas una tras otra y sin embargo volvía a levantarse. Todo un peso pesado de las letras.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Qué tonto era Teseo
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domingo, 13 de octubre de 2013
A ti, lector, que compras libros.
Hace unos días Teo Palacios, amigo mío y compañero de letras, publicaba en su Blog una entrada interesantísima y que invita a la reflexión sobre la piratería digital. Numerosos comentarios, defensores de una postura a favor y en contra son señal de la controversia que genera el tema, quizás porque no hay solución todavía satisfactoria.
Tantos dimes y diretes... Yo quiero ser positivo. Hoy mi entrada la quiero dedicar a todos los lectores que compran libros.
Cuando compras un libro, lector, lo que has hecho es dar una oportunidad a nuevos autores. Has oído tanto sobre dónde se puede descargar ese libro de forma gratuita, que a lo mejor estuviste tentado de navegar por esas aguas de las descargas, y sin embargo decidiste comprarlo. Haciendo eso, ya sea comprando el producto de una editorial o de un autor autopublicado, estás fomentando una ilusión, valorando el esfuerzo y las horas que un autor dedica a dar rienda suelta a su creatividad. De un autor que a lo mejor quedas complacido y del que deseas seguir leyendo nuevas historias en el futuro, y al que incentivas a que siga haciéndolo.
Cuando eliges entre tantísima variedad y títulos y decides comprar, lo haces ilusionado. A veces no sin sacrificios, porque te resistes a ser tentado por la gratuidad. Antes los libros electrónicos eran caros, ahora una enorme mayoría, incluso novedades, pueden conseguirse por menos de 5 euros. Eso son dos cervezas que no te tomas. Eso es un paquete de cigarrillos que no te fumas. Eso es poco por seis o siete horas de lectura absorbente, y por eso compras.
Puede ser que alguno de los libros electrónicos que compres a precio económico no te guste. ¿Pero acaso no sucede igual con los libros impresos? Los libros son como el vino, que una botella tenga una mala añada no significa que, si te gusta, dejes de buscar nuevos crianzas. Cuando una afición gusta, perdura.
A veces puede incluso que decidas comprar un libro impreso, si la temática o su contenido te emociona. Quizás antes podías permitirte comprar más, ahora en crisis es posible que dudes y te quedes con las ganas de hacerte con todos los que te gustaría. Todo cuesta dinero y no siempre se puede elegir entre necesidad y ocio. Y por eso escoges más que antes. Y cuando eliges y desechas, escuchas de nuevo la tentación de lo gratuito, que ofrece compilaciones con cientos y cientos de títulos... pero los ebooks ofrecen ya ese precio reducido que necesitas, de ese autor que ya has leído antes y que te ha arrebatado horas de sueño absorto por su novela; de ese autor del que deseas que siga enamorándote por muchos años. Ese autor, para eso, necesita también sobrevivir, comer, vivir de su trabajo. Porque sabes que escribir es un trabajo y por eso compras. Te privas de un refresco, o de dos; pero compras su libro. Te sientes bien por ello.
Si es un autor que comienza, tu acción es más loable, porque sin conocerle de nada decides invertir (casi seguro) menos de 3 euros en él. Para él, es una ilusión que le hará seguir esforzándose y quizás te sorprendas de oír nuevas voces que no conocías y que te arrebatan a otras épocas, otros mundos. En las editoriales convencionales, comprando títulos también alimentas a futuros nuevos autores, porque una editorial es un negocio y sin beneficios no se esforzarán en buscar a nuevos talentos. Esos, que a tí te gusta tanto leer, porque has leído otros títulos de esa editorial y te han convencido. Como contrapartida, los autores saben cómo está todo e insisten y pelean con la editorial por que sus títulos estén al precio más razonable posible. Es una sinergía. Es otro motivo del por qué sigues comprando libros.
Incluso cuando todo está mal, muy mal, recuerdas que las bibliotecas existen, que son sitios geniales y entretenidos, mucho más que un almacén de títulos; las bibliotecas ahora no son como hace décadas. Recuerdas el contacto con ese bibliiotecario eficiente, y el gran catálogo que tienen, también novedades. Te acercas y consigues libros en préstamo, ¿no son geniales?
Queridos lectores que así hacéis, por el motivo que sea: de mi parte (y de muchos otros, os lo aseguro), gracias, gracias, gracias.
Tantos dimes y diretes... Yo quiero ser positivo. Hoy mi entrada la quiero dedicar a todos los lectores que compran libros.
Cuando compras un libro, lector, lo que has hecho es dar una oportunidad a nuevos autores. Has oído tanto sobre dónde se puede descargar ese libro de forma gratuita, que a lo mejor estuviste tentado de navegar por esas aguas de las descargas, y sin embargo decidiste comprarlo. Haciendo eso, ya sea comprando el producto de una editorial o de un autor autopublicado, estás fomentando una ilusión, valorando el esfuerzo y las horas que un autor dedica a dar rienda suelta a su creatividad. De un autor que a lo mejor quedas complacido y del que deseas seguir leyendo nuevas historias en el futuro, y al que incentivas a que siga haciéndolo.
Cuando eliges entre tantísima variedad y títulos y decides comprar, lo haces ilusionado. A veces no sin sacrificios, porque te resistes a ser tentado por la gratuidad. Antes los libros electrónicos eran caros, ahora una enorme mayoría, incluso novedades, pueden conseguirse por menos de 5 euros. Eso son dos cervezas que no te tomas. Eso es un paquete de cigarrillos que no te fumas. Eso es poco por seis o siete horas de lectura absorbente, y por eso compras.
Puede ser que alguno de los libros electrónicos que compres a precio económico no te guste. ¿Pero acaso no sucede igual con los libros impresos? Los libros son como el vino, que una botella tenga una mala añada no significa que, si te gusta, dejes de buscar nuevos crianzas. Cuando una afición gusta, perdura.
A veces puede incluso que decidas comprar un libro impreso, si la temática o su contenido te emociona. Quizás antes podías permitirte comprar más, ahora en crisis es posible que dudes y te quedes con las ganas de hacerte con todos los que te gustaría. Todo cuesta dinero y no siempre se puede elegir entre necesidad y ocio. Y por eso escoges más que antes. Y cuando eliges y desechas, escuchas de nuevo la tentación de lo gratuito, que ofrece compilaciones con cientos y cientos de títulos... pero los ebooks ofrecen ya ese precio reducido que necesitas, de ese autor que ya has leído antes y que te ha arrebatado horas de sueño absorto por su novela; de ese autor del que deseas que siga enamorándote por muchos años. Ese autor, para eso, necesita también sobrevivir, comer, vivir de su trabajo. Porque sabes que escribir es un trabajo y por eso compras. Te privas de un refresco, o de dos; pero compras su libro. Te sientes bien por ello.
Si es un autor que comienza, tu acción es más loable, porque sin conocerle de nada decides invertir (casi seguro) menos de 3 euros en él. Para él, es una ilusión que le hará seguir esforzándose y quizás te sorprendas de oír nuevas voces que no conocías y que te arrebatan a otras épocas, otros mundos. En las editoriales convencionales, comprando títulos también alimentas a futuros nuevos autores, porque una editorial es un negocio y sin beneficios no se esforzarán en buscar a nuevos talentos. Esos, que a tí te gusta tanto leer, porque has leído otros títulos de esa editorial y te han convencido. Como contrapartida, los autores saben cómo está todo e insisten y pelean con la editorial por que sus títulos estén al precio más razonable posible. Es una sinergía. Es otro motivo del por qué sigues comprando libros.
Incluso cuando todo está mal, muy mal, recuerdas que las bibliotecas existen, que son sitios geniales y entretenidos, mucho más que un almacén de títulos; las bibliotecas ahora no son como hace décadas. Recuerdas el contacto con ese bibliiotecario eficiente, y el gran catálogo que tienen, también novedades. Te acercas y consigues libros en préstamo, ¿no son geniales?
Queridos lectores que así hacéis, por el motivo que sea: de mi parte (y de muchos otros, os lo aseguro), gracias, gracias, gracias.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Escribir una novela (XXI): Rigor Mortis
Es gratificante cuando hay lectores que han disfrutado de tu libro y se atreven a decírtelo; también cuando los hay que tienen una crítica que hacerte y te la hacen con educación. Desde aquí, gracias, porque al hilo de las palabras de uno de ellos escribo hoy esta entrada. Lo curioso es que, dependiendo del lector, lo que para uno es una virtud para otro es un defecto, y viceversa.
El comentario que me hicieron es sobre el rigor. El rigor mortis es la rigidez que aparece en un cuerpo muerto a las pocas horas de la muerte, su duración en el tiempo es reducida y después desaparece, según se inician los procesos de descomposición. Se parece mucho a lo que me comentaron, relacionado con el rigor a la hora de escribir una novela histórica.
Sin duda, una de las bazas de este género es la posibilidad de recrear un pasado, más o menos remoto en el tiempo respecto del lector. Todo es cuestión de tiempo, desde luego, en un foro ya opiné en su día que la novela contemporánea de hoy será, dentro de doscientos años, novela histórica (y la novela histórica de hoy, más histórica aún). Para recrear ese pasado hay que hacer una labor necesaria de documentación, tanto del detalle del día a día como más generalista sobre la cultura a tratar, sobre la mentalidad y valores imperantes, sobre la forma de expresarse incluso...
Dice la RAE:
Rigor.
El comentario que me hicieron es sobre el rigor. El rigor mortis es la rigidez que aparece en un cuerpo muerto a las pocas horas de la muerte, su duración en el tiempo es reducida y después desaparece, según se inician los procesos de descomposición. Se parece mucho a lo que me comentaron, relacionado con el rigor a la hora de escribir una novela histórica.
Sin duda, una de las bazas de este género es la posibilidad de recrear un pasado, más o menos remoto en el tiempo respecto del lector. Todo es cuestión de tiempo, desde luego, en un foro ya opiné en su día que la novela contemporánea de hoy será, dentro de doscientos años, novela histórica (y la novela histórica de hoy, más histórica aún). Para recrear ese pasado hay que hacer una labor necesaria de documentación, tanto del detalle del día a día como más generalista sobre la cultura a tratar, sobre la mentalidad y valores imperantes, sobre la forma de expresarse incluso...
Dice la RAE:
Rigor.
6. m. Med.
Tiesura o rigidez preternatural de los músculos, tendones y demás
tejidos fibrosos, que los hace inflexibles e impide los movimientos del
cuerpo.
7. m. Med.
Frío intenso y extraordinario que entra de improviso en el principio de
algunas enfermedades, como en las calenturas intermitentes.
Nos quedamos con propiedad y precisión. Ser rigurosos en esa documentación implica poder describir con propiedad y precisión, a través de palabras, la ambientación de la novela, la tramoya oculta, el andamiaje que dotará de sensaciones al libro y que hará que un lector se traslade en su mente en el tiempo, se olvide de la hipoteca y se sumerja en el pasado.
La pregunta del millón: ¿cuán rigurosa ha de ser esa documentación? ¿Debe ser precisa en todos los detalles que mencione el libro? Aquí aparece una tentación para el novelista histórico: suele descubrir tantos detalles jugosos de esa época que puede querer colocarlos todos en la novela, y eso puede ser un error si lastran la historia. Una forma de lastrar la historia es centrarse en los detalles, poner numerosos pies de página que rompen el ritmo de lectura (la tendencia es que no haya, si acaso un glosario de términos al final del libro); otra querer, p.ej, que Homero hable como en su Grecia arcaica, lo cual es imposible. Es cierto que si de la época existe correspondencia escrita se puede lograr dar un barniz a los diálogos de los personajes que haga pensar "hablan como los antiguos", pero llevar esa forma de expresarse con rigor a una novela es un error, porque lo más probable es que se aburra al lector.
Y una novela, querido lector:
-es esencialmente una obra de ficción.
-debe entretener.
Sobre el habla de los personajes históricos, hay controversia. ¿Es menos rigurosa una novela histórica que aproxima el habla de los personajes al siglo XXI? Si fuera un ensayo, sería cierto: no sería rigurosa. Pero una novela no es un ensayo, busca entretener a sus lectores y para eso sus lectores deben entender lo que dicen los personajes, aproximar el habla antiguo al lector moderno es una licencia que lo logra. Y si se cuida cómo se expresa todo, no tienen porqué cometerse barrabasadas con el lenguaje.
Los detalles del armamento medieval, de los trajes de época, de las comidas y desayunos, del día a día: ¿son menos rigurosas si no se habla de hasta la útima hebilla que tiene que desabrochar un escudero que desguarnece a su señor? Con la comida suele haber problemas, no existia en épocas pasadas la disponibilidad de alimentos como hoy en día; incluso la cultura imponía muchas veces los tejidos de las ropas, las modas....
Algunos defienden que ser riguroso es ser prolijo en detalles, muchos detalles, de todo tipo. Si al lector lo aburres con eso, entonces ese rigor, para mí, es Rigor Mortis. Has matado sus ganas de leer. Leerá las páginas en diagonal, evitando las descripciones y esperando que al menos los diálogos le aporten algo. Si no lo hacen tampoco, sólo faltará enterrar al muerto: abandonará el libro sin terminarlo.
Yo creo que ser riguroso consiste en que los detalles que aparezcan estén equilibrados con la trama y que tengan su razón de ser, y que cada detalle que menciones sea usado correctamente y con propiedad. Cada palabra en una página debe estar porque debe ser necesaria. Si no es necesaria, sobra. Si no está y se requiere, falta. Para eso están las correcciones.
Y podar la novela, para quitar lo que pueda sobrar, puede ser tan difícil o más que escribir la novela.
martes, 20 de agosto de 2013
Escribir una novela (XX): André Maurois (Emile Herzog), sobre el arte de escribir
Hace cuatro años escribí una entrada sobre qué pensaba André Maurois, pseudónimo de Emile Herzog, acerca de escribir. Hoy necesito recordarlo, pues me pesan las malas noticias (laborales y personales), que hacen que la vida sea más interesante y también más difícil, pues sin serenidad no se puede escribir: escribir es imaginar, y la mente no vuela libre si está atada al yugo de la exigencias de la vida moderna. A veces el yugo es más ligero; otras (hoy) me parece terriblemente pesado.
Así que unas reflexiones no me vendrán mal, buscando fuerzas en mi cansancio en este verano de sol aplastante y oficina que se me está haciendo eterno.
El Arte de Escribir, por André Maurois.
Usted quiere aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.
Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, e introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente y el lector no le comprenderá.
La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios -y sobre todo en el Littré- que le darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea a los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliére, el cardenal de Retz, Saint Simon, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hugo. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.
No ensaye usted tener un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente. Guárdese de lo rebuscado y lo pedante. Nada echa más a perder un estilo. Diga simplemente lo que tenga que decir. Valéry ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor».
Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad», «tal hombre», es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada. Prefiera el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar este como lo han hecho Chateaubriand y Proust, pero esto es difícil.
El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducid los preparativos al mínimo». Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Cómo comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán unos tras otros. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo.
Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio», y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine línea» (Ni un día sin una línea). Si uno no se propone sentarse cada día en su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso. ¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrá adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.
Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorística y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento. No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas. Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un sujeto, un verbo y un complemento directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».
Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.
Así que unas reflexiones no me vendrán mal, buscando fuerzas en mi cansancio en este verano de sol aplastante y oficina que se me está haciendo eterno.
El Arte de Escribir, por André Maurois.
Usted quiere aprender a escribir. Tiene razón. De nada sirve tener las ideas justas si uno no sabe expresarlas debidamente. Ni las palabras, ni la elocuencia misma, son suficientes, porque las palabras se desvanecen. Un escrito perdura: aquellos a quienes va dirigido pueden volver a leerlo, meditarlo. Queda para ellos como una imagen del autor. Una relación readaptada, bien escrita, está en la base de más de una gran carrera.
Para escribir bien hay que poseer cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. Es mejor el conocimiento de los grandes clásicos, que suministra citas y ejemplos, e introduce a una asociación secreta y poderosa, esta misteriosa francmasonería de los hombres cultivados que uno encuentra tan frecuentemente entre los médicos, los ingenieros y los escritores. Sobre todo, la cultura nos da vocabulario. Uno no escribe con los sentimientos, sino con las palabras. Usted debe conocer suficientes de ellas y haber penetrado su sentido exacto. De lo contrario las empleará inadecuadamente y el lector no le comprenderá.
La Academia Francesa pasa una sesión entera definiendo tres o cuatro palabras. Esto no es jamás tiempo perdido. Por falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede ser lanzado en prosecución de objetivos vagos que no merecen ser perseguidos. Por lo tanto, busque en los diccionarios -y sobre todo en el Littré- que le darán ejemplos preciosos. Cada vez que usted ignore el sentido de una palabra, búsquelo. Lea a los grandes autores. Vea cómo, con las palabras que usa todo el mundo, él sabe crear un estilo. ¿Cuáles autores? Moliére, el cardenal de Retz, Saint Simon, Voltaire, Diderot, Chateaubriand, Hugo. Ensaye a descubrir el secreto de cada uno de ellos y las fuentes de su maestría.
No ensaye usted tener un estilo. Ya vendrá solo si usted se forma a la vez un rico vocabulario y fuertes pensamientos. Aquello que uno concibe bien se enuncia claramente. Guárdese de lo rebuscado y lo pedante. Nada echa más a perder un estilo. Diga simplemente lo que tenga que decir. Valéry ha dado este consejo: «De dos palabras, hay que escoger la menor».
Es decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta. Prefiera siempre la palabra concreta que designa los objetos, los seres, a la palabra abstracta. «Los hombres», viene mejor que «la humanidad», «tal hombre», es mejor que «los hombres». Las palabras abstractas son útiles, aun necesarias, pero pronto hacen que el lector vuelva a lo concreto. Con las palabras abstractas uno puede probarlo todo, pero no realizar nada. Prefiera el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderá a manejar este como lo han hecho Chateaubriand y Proust, pero esto es difícil.
El filósofo Alain, que fue un gran profesor, dio este consejo: «Reducid los preparativos al mínimo». Es decir, no os preguntéis por largas horas ¿Cómo comenzar?, sino comenzad. La primera frase sugerirá la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán unos tras otros. Si queréis una trama, no avanzaréis jamás. Si esperáis inspiración, esperaréis en vano. La inspiración nace del trabajo.
Stendhal decía que él tenía que escribir cada mañana, «genio o no genio», y el antiguo autor Plinio expresó «Nulla dies sine línea» (Ni un día sin una línea). Si uno no se propone sentarse cada día en su escritorio, no para soñar, sino para trabajar, si uno se permite pensar: «esta mañana no me siento bien, estoy indispuesto, en la mañana los trabajos son difíciles», entonces está perdido. Al día siguiente hallará una nueva excusa y la vida pasará entre la haraganería y el fracaso. ¿Podremos dominar las dificultades de lenguaje y estilo, descubrir la frase por una palabra familiar? Sí, porque se habrá adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios.
Los grandes escritores tienen sus vulgaridades intencionales, los grandes embajadores escriben sus informes humorística y brutalmente concretos. Hay que tratar de imitarlos, de obtener su experiencia y su talento. No hay que atraer la atención, sino por la precisión vigorosa de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases a las ideas, por una brevedad compacta y plena. En fin, hay que guardarse, mientras no se sea un maestro, de las frases largas. Bossuet las usa, pero él era Bossuet. Cuando el señor Caillaux era presidente del Consejo, le dijo a su jefe de gabinete, cuyo estilo le parecía ampuloso: «Escúcheme, una frase francesa se compone de un sujeto, un verbo y un complemento directo, eso es todo. Y cuando necesite un complemento indirecto, venga a buscarme».
Usó así una exageración graciosa y oportuna. Pero, en el fondo, era verdad.
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