Cuando comienzo a pensar en una nueva idea, en un nuevo argumento, aparte de tener una escena como punto de partida y una ambientación de época que rodee la historia y la complete, me hago una reflexión: cuántas páginas deseo escribir para dar forma a mi nueva novela.
No es asunto baladí.¿Importa eso al desatar la creatividad? ¿No dicen que cada historia, si se hacen caso a las Musas, acaba teniendo las páginas que necesita, ni más ni menos? Las Musas inspiran, pero el que escribe y decide es el escritor. ¿Es necesario detallar cada mínimo gesto de los personajes? Hay que tener en cuenta que se debe detallar cuando lo que se detalla es importante para la novela, y no sólo si es ambientación.
Novelas con mil y pico páginas, haberlas haylas. Con trescientas y menos, también. Un escritor puede necesitar decenas de páginas porque desea contarnos algo relevante, o simplemente pretende causar placer estético al recrearse, o bien, se le va de las manos las subtramas y los personajes. O bien, porque realmente es una novela coral que necesita todo eso. Es fácil rellenar cientos de páginas: crea muchos personajes y cruza sus vidas, que aparezcan conflictos, desenlaces, hechos... Lo difícil, difícil, es mantener el interés del lector es esos cientos de páginas, ahí radicar la habilidad del escritor. Pero por otro lado, ¿es menos hábil quien es capaz de emocionar más con menos palabras? ¿Quien comprime una historia completa en trescientas páginas, sin excesos, sin decenas de personajes, sin tramas que duren treinta años? Yo creo que es más hábil el que reduce que el que extiende. Libros gruesos, libros livianos: he leído de ambas clases, y en ambas he tropezado con auténticas joyas que devoraba horas y horas, y peñazos auténticos que se me atragantaban.
Aparte de la experiencia lectora de cada lector, que influye y mucho en cómo afronta cada nueva lectura, sí me hago una reflexión cierta. Antes, de adolescente, y antes de ponerme yo mismo a escribir, disponía de mucho más tiempo para leer. No me importaban las páginas si el novelón lo merecía. Tragaba y tragaba. Ahora, con más años, más obligaciones, más interrupciones (es ya una utopia disponer de 4 o 5 horas seguidas de lectura), más estrés, más cinismo, más desengaño, más de todo, ya no tengo tanto tiempo. Estoy empezado a tener preferencia por libros de espesor moderado, que no me condicionen mi escaso tiempo en demasía y que no se me eternice la lectura. Así, además, puedo leer más libros, más autores, y recrearme en más narraciones que esperan. Mi "Pila de Lecturas Pendientes" es desasosegadora.
Pero luego reviso mi librería, me regocijo en lo que leí y disfruté, y digo, de tanto en tanto, "¡Qué carajo! Ahora le toca a éste". Sin discriminar si tiene más o menos páginas. A leer y punto.
Importante. Si escribes teniendo en mente un objetivo de páginas, serás capaz de centrarte en lo valioso y en eliminar lo superfluo de tu escritura. Plantéate qué escribir, pero cómo escribirlo para condensarlo en pocas páginas. Es un buen truco para dar agilidad de relámpago a tu manuscrito.
Como recomendación: piensa crear un manuscrito de 300 páginas, y tal que seas capaz de escribirlo en un año.
A partir de ahí, culpa a las Musas.
Pues sí, Hemingway fue rechazado veintisiete veces, veintisiete nada menos, veintisiete editoriales que lo descartaron mondo y lirondo. Que luego ganara el premio Nobel de literatura no es lo importante, sino que encajó veintisiete derrotas una tras otra y sin embargo volvía a levantarse. Todo un peso pesado de las letras.
domingo, 12 de abril de 2015
jueves, 26 de marzo de 2015
Cuando se juntan escritores: IV Jornadas
Qué decir de estas Cuartas Jornadas, de las que soy miembro organizador, que no haya dicho ya en las otras ocasiones: que hay que acercar libros y autores a los lectores. Involucrar a los autores a acercarse a los que les leen; animar a la empresa privada a invertir en acción cultural.
Lo pasamos de fábula. Los ponentes y autores, fabulosos. La Biblioteca de Andalucía, maravillosa. Nuestros patrocinadores, decididos a seguir apostando por nosotros. Los lectores, animosos.
Los autores también necesitamos cariño en estos tiempos complicados. Lo digital está bien, pero nos gusta el papel. La Asociación "Jornadas de Novela Histórica de Granada" sigue creciendo. Os animo a visitarnos:
BLOG: http://jornadasdenovelahistoricaengranada.blogspot.com.es/
Foto 01: Inicio de IV Jornadas de Novela Histórica de Granada
De izquierda a derecha: Mario Villén, Blas Malo, Carolina Molina, José Manuel Barrios
José Barroso, Francisco Núñez, Coia Valls, Jorge Rodriguez
Foto 02: Apertura de Jornadas. Blas Malo, Mario Villén, Carolina Molina
Foto 03: "Vida cotidiana en Granada".
Carolina Molina, José Manuel Barrios, Julio Navarro, Jorge Rodríguez
Foto 04: "Entre la leyenda y la historia"
Emilio Ballesteros, Mario Villén, Carolina Molina, José Barroso, Blas Malo, Carlos Almira
Foto 05: "Guerra y violencia".
Gabriel Castelló, Carolina Molina, Javier Negrete, Blas Malo, Mario Villén
Foto 06: Con los miembros del blog literario "La espada en la tinta", en el centro : Loren y Jana
Foto 07: "En tiempo de cólera"
Carolina Molina, Coia Valls, Francisco Núñez
Foto 08: Hermanamiento con "Jornadas de Novela de Écija"
Mario Villén, Carollina Molina, Blas Malo y Manuel Sánchez-Sevilla (JNE)
Foto 09: Staff de "Jornadas de Novela Histórica de Granada"
Blas Malo, Carolina Molina, Mario Villén, Noelia Ibáñez, Sara Esturillo
Los domingos 7 y 15 de marzo, además, se organizaron 3 rutas literarias por Granada y Moclín. Éxito total.
La vida es complicada, y a veces muy, difícil. Entre otras cosas, tenemos libros para hacerla más llevadera.
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jueves, 26 de febrero de 2015
Los señores del mal
Hoy no hablo sobre libros.
Ayer estuve viendo un documental, uno más, sobre la Segunda
Guerra Mundial. Estaba vez trataba sobre el final de la guerra y la decisión
del Departamento de Defensa estadounidense de invitar y animar a los grandes
estudios de cine de Hollywood a visitar la Europa devastada tras la guerra para
inspirarles argumentos sobre el conflicto armado, para dar propaganda a la
Victoria, para justificar el empleo de
las bombas atómicas en Japón y para crear el mito del Soldado guerrero americano,
que marcha joven y valiente a la guerra, dispuesto a luchar por el Bien, a
vencer el Mal, y vuelve victorioso, mejor, más fuerte.
En el documental se habla de los retornados. Jóvenes
traumatizados sobre su experiencia en Okinawa, en el norte de África, en
Berlín; jóvenes necesitados de una reeducación para su regreso a la vida civil;
mutilados y tullidos ofrecidos como ejemplos de superación y carácter en las
múltiples películas heroicas que siguieron. En centros especiales del ejército
se creó una sección especial de psiquiatría destinado a devolver la cordura a
los que volvieron locos, mudos, petrificados por su experiencia de la guerra.
El documental mostraba parta de esas filmaciones, vetadas por el gobierno
durante 30 años: la vulnerabilidad de sus soldados, que los hacía tan humanos y
débiles como cualquier otra persona, rompía el mito del soldado guerrero
americano; nada de eso debía llegar a la opinión pública.
70 años después del final del conflicto, la Segunda Guerra
Mundial sigue viva en el cine, en la televisión, en los libros. ¿Por qué? Porque la tecnología de las telecomunicaciones la
hizo global. Porque la tecnología bélica mostró su eficiencia aterradora, a una
escala nunca vista. Y lo más importante: porque nunca antes se manifestó que
era una lucha por la Civilización. El Bien contra el Mal encarnado en el
régimen nazi, y sus aliados, y en concreto, en una única persona con nombres y
apellidos (el del bigotillo, que no voy a nombrar). Un Mal que se enorgullecía
de querer exterminar una raza, una cultura, de aplastarlo todo y a todos, por
orden de un megalómano que usó todos los recursos de una nación industriosa en
su búsqueda del Apocalipsis, del Ragnarok. Después de la guerra, vendrían otras
atrocidades, otros regímenes, una Guerra Fría. En los mismos países aliados que
habían defendido la Civilización también hubo muchos matices oscuros y detestables, y
sigue habiéndolos, pero nunca, nunca se alcanzó una Maldad tan suprema ni tan
eficientemente organizada. Terrible.
El Mal existe. Y de nuevo, se ha hecho carne, como un Sauron
retornado. Hablo del autodenominado Estado Islámico (EI). Un cáncer que se
opone a la vida y a la civilización, unos pocos decidiendo vida y muerte de
muchos, sin más que su megalomanía y sus delirios para su justificación
injustificable. Un engendro de nación que secuestra civiles, que dispara a los
que no se convierten a su interpretación del Corán, que asesina porque sí a
gentes de otra religión, de otra lengua, de otra raza; que los fusila, o peor,
que los quema vivos. Que encadena a sus mujeres, esclavas; que decapita niños o les pone bombas y los llama mártires. Que saquea museos, que quema bibliotecas, que reescribe el pasado. Que se regodea en el
sufrimiento y la tortura y la sangre y se alimenta de la esperanza de las
familias y gobiernos de los secuestrados para pedir rescates imposibles, a sabiendas
de que miente: pide sobre muertos. Que ha hecho de su horror local un horror
global, al grabar y difundir por redes sociales y nuevas tecnologías sus
matanzas y sus logros, su regreso de la Civilización a la Edad de Piedra. Para
todos… menos para sus líderes, seguramente. Primus inter pares.
Qué arterias alimentan este cáncer, lo ignoro. Avaricia. Pobreza, hambre,
ignorancia y seguro, desesperación. Y no toda la culpa de esa desesperación
recae en el Estado Islámico. De la Segunda Guerra Mundial se han escrito
muchos, muchos libros, ensayos, novelas… y es bueno que así se haya hecho. Para no
olvidar lo que ya pasó. Y para recordar las raíces de cómo surge el Mal.
A los que nos gusta la Historia, todo nos parece que se
desarrolla en círculos.
sábado, 24 de enero de 2015
El fulgor de la novela histórica: Ningunea, que algo queda
El mundo de la escritura y la literatura tiene sus peculiaridades, tantas como tiene el sector de la construcción. Esta semana, que ha sido la Blue Week (larga, arrastrada, insatisfactoria: semana de Master y Certificaciones, todo junto) ha vuelto a repetirse la escena que, de vez en cuando, sucede en mi vida laboral.
LUGAR: Una comida de trabajo tras una reunión mañanera, intensa e importante. Digamos que en un buen mesón cerca de la Plaza de Cuba, en Sevilla capital, de esos de reserva anticipada y sólo a gente seleccionada.
DÍA: Cualquier día de esta semana podría haber sido, por malos y grises. Digamos que el pasado martes 20 de enero. Con ocho comensales, algunos de ellos dignos personajes para una novela (ellos no lo saben pero yo SIEMPRE tomo nota de estas cosas en estas reuniones)
SITUACIÓN: Digamos que tras la primera ronda y el relajo subsiguiente, hay que sacar temas de charla. Suele ser buen momento para hablar de mi tema: que escribo.
—¡Así que escribes! ¿Y qué escribes? ¿Tienes libros publicados?
—Novela histórica —gesto de admiración y sorpresa entre los comensales, que son altos ejecutivos de empresas constructoras que números muchos, pero libros pocos. Yo, atento a mi gran jefe, que mira y guarda silencio. Porque YA SÉ qué está pensando—. Ahora mismo tengo tres novelas publicadas, ambientadas en la Granada nazarí, en el Imperio Bizantino y en Sevilla en época del rey Pedro.
—¡Pues sí que parece tener tiempo libre! —PRIMER ROUND: Lo de escribir causa admiración, pero una novela "Histórica" aún causa más respeto. Y sin embargo, la coletilla es: si tiene tiempo para escribir es que trabaja poco. Esto es España: en vez de valorar un sobreesfuerzo por sacar tiempo de las noches y donde no lo hay, no, se devalúa al que se esfuerza.
Pero la cosa siguió.
—¿Y cómo lo haces para publicar?
—Bueno, tengo un agente en Barcelona, que se encarga de esas cosas y de mis contratos editoriales.
—¡Como los futbolistas! —SEGUNDO ROUND: Por lo menos me comparan con los futbolistas, son tema que los otros comensales conocen bien; y no con la Esteban o el Vaquerizo y otros famosos de libro instantáneo. Algo es algo.
Un comensal, más sensato e interesado que los otros, me pregunta de qué van mis novelas. En ese momento ya soy un bicho raro que causa curiosidad. Mi jefe sigue callado, esperando su turno para saltar con el puñal.
—En la primera, "El esclavo de la Al-Hamrá", construyo el Patio de los Leones. En la segunda, "El Mármara en llamas", narro el asedio árabe a Constantinopla en el año 717. En la tercera, "El señor de Castilla", pongo en pie los Reales Alcázares de Sevilla. Y en esa época, ya había reducción de presupuestos, paradas de obra y negociaciones, que terminaban rápidamente. Los reyes hacían y deshacían leyes a su antojo, y cortaban cabezas por lo sano.
Risas. Prefiero no decir que ya antes se robaba también al erario público; que los maestros de obra ya se enriquecían impunemente si podían.
La pregunta del millón:
—¿Y vendes muchos libros?
"Más que vosotros, orcos", pensé.
Pero ante el interés despertado, habla mi jefe, ha visto su momento. ROUND TRES:
—Bueno, bueno, todavía no vende tanto, todavía no puede vivir de los libros. Eso de escribir no da dinero.
Ah, maledicente. Ningunea, que algo queda. Si Escribir no da Dinero, ¿para qué escribir? Qué pérdida de tiempo, ¿verdad, jefe?
Dinero. Esa palabra sí que la entienden bien estos ejecutivos. Es su parámetro. Les deja de interesar mi conversación. Con ese criterio, una novela, aunque sea histórica, si no se vende por decenas de miles y si no hace que su autor salga en las tertulias mañaneras y folloneras de la tarde, entonces, no es novela a considerar.
Quédense ustedes con su parámetro mercantil, señores. Si el fulgor de un libro lo miden por el signo del dolar, entonces, lamento decirles, se estan perdiendo ustedes una de las puertas al Paraíso.
LUGAR: Una comida de trabajo tras una reunión mañanera, intensa e importante. Digamos que en un buen mesón cerca de la Plaza de Cuba, en Sevilla capital, de esos de reserva anticipada y sólo a gente seleccionada.
DÍA: Cualquier día de esta semana podría haber sido, por malos y grises. Digamos que el pasado martes 20 de enero. Con ocho comensales, algunos de ellos dignos personajes para una novela (ellos no lo saben pero yo SIEMPRE tomo nota de estas cosas en estas reuniones)
SITUACIÓN: Digamos que tras la primera ronda y el relajo subsiguiente, hay que sacar temas de charla. Suele ser buen momento para hablar de mi tema: que escribo.
—¡Así que escribes! ¿Y qué escribes? ¿Tienes libros publicados?
—Novela histórica —gesto de admiración y sorpresa entre los comensales, que son altos ejecutivos de empresas constructoras que números muchos, pero libros pocos. Yo, atento a mi gran jefe, que mira y guarda silencio. Porque YA SÉ qué está pensando—. Ahora mismo tengo tres novelas publicadas, ambientadas en la Granada nazarí, en el Imperio Bizantino y en Sevilla en época del rey Pedro.
—¡Pues sí que parece tener tiempo libre! —PRIMER ROUND: Lo de escribir causa admiración, pero una novela "Histórica" aún causa más respeto. Y sin embargo, la coletilla es: si tiene tiempo para escribir es que trabaja poco. Esto es España: en vez de valorar un sobreesfuerzo por sacar tiempo de las noches y donde no lo hay, no, se devalúa al que se esfuerza.
Pero la cosa siguió.
—¿Y cómo lo haces para publicar?
—Bueno, tengo un agente en Barcelona, que se encarga de esas cosas y de mis contratos editoriales.
—¡Como los futbolistas! —SEGUNDO ROUND: Por lo menos me comparan con los futbolistas, son tema que los otros comensales conocen bien; y no con la Esteban o el Vaquerizo y otros famosos de libro instantáneo. Algo es algo.
Un comensal, más sensato e interesado que los otros, me pregunta de qué van mis novelas. En ese momento ya soy un bicho raro que causa curiosidad. Mi jefe sigue callado, esperando su turno para saltar con el puñal.
—En la primera, "El esclavo de la Al-Hamrá", construyo el Patio de los Leones. En la segunda, "El Mármara en llamas", narro el asedio árabe a Constantinopla en el año 717. En la tercera, "El señor de Castilla", pongo en pie los Reales Alcázares de Sevilla. Y en esa época, ya había reducción de presupuestos, paradas de obra y negociaciones, que terminaban rápidamente. Los reyes hacían y deshacían leyes a su antojo, y cortaban cabezas por lo sano.
Risas. Prefiero no decir que ya antes se robaba también al erario público; que los maestros de obra ya se enriquecían impunemente si podían.
La pregunta del millón:
—¿Y vendes muchos libros?
"Más que vosotros, orcos", pensé.
Pero ante el interés despertado, habla mi jefe, ha visto su momento. ROUND TRES:
—Bueno, bueno, todavía no vende tanto, todavía no puede vivir de los libros. Eso de escribir no da dinero.
Ah, maledicente. Ningunea, que algo queda. Si Escribir no da Dinero, ¿para qué escribir? Qué pérdida de tiempo, ¿verdad, jefe?
Dinero. Esa palabra sí que la entienden bien estos ejecutivos. Es su parámetro. Les deja de interesar mi conversación. Con ese criterio, una novela, aunque sea histórica, si no se vende por decenas de miles y si no hace que su autor salga en las tertulias mañaneras y folloneras de la tarde, entonces, no es novela a considerar.
Quédense ustedes con su parámetro mercantil, señores. Si el fulgor de un libro lo miden por el signo del dolar, entonces, lamento decirles, se estan perdiendo ustedes una de las puertas al Paraíso.
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