Estoy en semanas de cambio. Cambio de residencia, cambio de trabajo, cambio de perspectivas... Sin embargo, en los últimos diez meses no he visto apenas tele ni noticias y me da a mí que no me he perdido nada. Política y fútbol, las mismas caras, las mismas palabras... malo. Señal de que el país está paralizado. Alrededor, miro y todo es lo mismo. Estamos estancados. Ni se ven perspectivas, ni ilusiones, sólo miedo.
En el trabajo, con nuevos compañeros, lo mismo. Todos atentos a ver quién sigue, a quién despiden esta semana. Y la otra. Y la siguiente. Y así sucesivamente. Lo cual es descorazonador.
Pero en mi caso, el remedio lo encuentro en los libros. En mi oficina ya corren rumores sobre mis novelas. Y he comprobado que, a pesar de tener 4 títulos ambientadas en diferentes momentos de la Historia, la época preferida sobre lectura en el género histórico es la Edad Media. Que los principales lectores interesados son mujeres.
¿Por qué la Edad Media? Las dos grandes épocas tratadas por las editoriales son Roma y Edad Media. Siguen publicándose muchas novelas sobre el pasado del Imperio Romano y sobre nuestro medievo peninsular (musulmanes, cristianos, las Navas de Tolosa). De romanos hasta en la sopa, seguimos sorprendiéndonos de los logros de una civilización que dominó Europa con sus legiones y su logística (carreteras, acueductos y grandes obras públicas). Por mi parte, estoy saturado de tanta novela romana. Me daré un respiro en verano.
¿Por qué nos fascina tanto el Medievo? Será porque España fue tierra de frontera. Y en toda frontera hay conflictos. Ambiciones de reyes frente a los primeros burgueses. Enfrentamiento de civilizaciones. Castillos. Caballeros esforzados, garantes de un ideal de justicia en una tierra exenta de ella. Vastas tierras de nadie, desiertos demográficos, ocupados por colonos en busca de un futuro y por balbuceantes eremitas, que serán semilla de futuros monasterios. Quizás nos fascina esta era porque aún existía la sorpresa, el mundo era inmenso y plano y el océano circundante terminaba en unas terribles cataratas, merodeadas por monstruos marinos. Las Cruzadas en Tierra Santa tenían su reflejo en las fronteras entre los reinos de León, Castilla y Aragón frente al-Andalus, Córdoba era la ciudad más poblada de Occidente, y era musulmana, mientras que en Oriente la mítica y cristiana Constantinopla soportaba el empuje constante desde Damasco.
Quizás nos atraen esos siglos porque aún se creía en lo imposible. En los mitos, en lo sobrenatural, en las leyendas artúricas, en la piedad y en la venganza de Dios, en la brujería y hechicería frente al cristianismo que regulaba toda la vida de los súbditos y señores. En el asombro y el miedo por puro desconocimiento. Los monstruos y males acechan al hombre, pobre, frágil, miserable, aplastado por los tributos y sus obligaciones, por la peste negra, por las guerras, por el caprichoso deseo de sus señores y monarcas, el yugo y el miedo a la muerte. Y sin embargo, esos hombres sobrevivieron. Creyeron en los trovadores y en la búsqueda del Grial. Y de la Edad Media, poco a poco, se abrió paso una nueva era.
En estos tiempos tan confusos y tan descreídos a pesar de tanta Nueva Era Digital, quizás la fe de esta gente antigua en sí mismos para sobrevivir es lo que nos atrae tanto. Tenemos suerte. Vivimos en España, tierra de castillos, torres, puentes, monasterios y catedrales. Cada uno de ellos, nos susurra la dura vida de una era pasada, pero no olvidada.
Pues sí, Hemingway fue rechazado veintisiete veces, veintisiete nada menos, veintisiete editoriales que lo descartaron mondo y lirondo. Que luego ganara el premio Nobel de literatura no es lo importante, sino que encajó veintisiete derrotas una tras otra y sin embargo volvía a levantarse. Todo un peso pesado de las letras.
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martes, 12 de julio de 2016
domingo, 18 de agosto de 2013
La sombra del plagio en la novela histórica
Según la Real Academia Española, plagio se define como la acción y efecto de plagiar:
plagiar.
"Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias." Si veo en las mesas de novedades 10 novelas que por ejemplo traten sobre Aníbal como elemento sustancial, ¿se puede hablar de plagio, de copia del pasado? ¿O sólo reconociendo al final de la novela cuáles son nuestras fuentes, pasamos a ser autores inspirados? Es más, si en una novela encuentro detalles (procedentes de fuentes históricas y ensayos de autores muertos hace más de 100 años) que me parecen adecuados para mi propia trama, ¿es legítimo emplearlos, como si la novela fuera una "fuente"; o sería plagio?
plagiar.
2. tr. Entre los antiguos romanos, comprar a un hombre libre sabiendo que lo era y retenerlo en servidumbre.
Hablando sobre novelas, siempre que entro en una librería me sorprendo del elevado número de títulos que puedo encontrar, sobre cualquier tema y género. Los ciclos del mercado y la competencia por captar lectores hacen que si un título triunfa, aparezcan más sobre la época, el personaje, la cultura... Los romanos están omnipresentes; Egipto; la Edad Media; las guerras napoleónicas; la guerra civil española; la Segunda Guerra Mundial.
Como lector, está bien poder elegir. Como autor, cada vez se reducen más las posibilidades de ser original. Se puede ser original en la forma de contar una historia, en la elección del personaje principal, en elegir el bando vencedor o el bando perdedor; hablar de un hecho conocido a través de un personaje ficticio; o descubrir un aspecto de la Historia poco conocido y nada novelado, digno de ser contado.
Como hablamos de novela histórica, y yo concretamente no soy historiador, necesito fuentes que me hablen de la época, cultura y personajes sobre los que quiero hablar. Los ensayos son fuentes importantes de datos, otras veces recurro a crónicas de la época (cuando las hay), y a fuentes arqueológicas. Entonces es cuando me planteo una duda, y es si emplear esa documentación es una forma de plagio. Necesito datos y detalles en mi novela que encuentro en obras que otros autores también han usado como fuentes. ¿Reduce eso la originalidad de mi creación?
En el caso de las novelas que beben de crónicas antiguas como trama fundamental, ¿son una forma actualizada de plagio, aun cuando el autor del manuscrito original lleve muerto 1000 años? A veces me lo pregunto, si sólo en la parte de ficción de mis novelas soy un auténtico creador. Quizás por ello intento compensar mi trama, 50% bebiendo del pasado; 50% creación propia. Si creara al 100% sería un autor de fantasía, no de histórica, pues todo lo que se escriba que se inspire en la realidad presente o pasada beberá de alguna fuente que otro autor ya habrá empleado.
"Copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias." Si veo en las mesas de novedades 10 novelas que por ejemplo traten sobre Aníbal como elemento sustancial, ¿se puede hablar de plagio, de copia del pasado? ¿O sólo reconociendo al final de la novela cuáles son nuestras fuentes, pasamos a ser autores inspirados? Es más, si en una novela encuentro detalles (procedentes de fuentes históricas y ensayos de autores muertos hace más de 100 años) que me parecen adecuados para mi propia trama, ¿es legítimo emplearlos, como si la novela fuera una "fuente"; o sería plagio?
No es fácil escribir novela histórica.
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domingo, 3 de febrero de 2013
Los papeles del tesorero
Pues no, no me refiero a nuestra rabiosa actualidad política, donde encender la televisión para ver las noticias es deprimente, sino a un texto que esta semana ha llegado a mis manos, mientras me documento para mi siguiente proyecto literario.
En él se habla sobre un almojarife (tesorero) del rey de Castilla, condenado a la horca en 1278, sobre quien nos cuenta un poeta de la época:
"de todas partes llovían los regalos, cohechos numerosos, sobornos incontables..."
Se ve que no aprendemos, no. Cuanto más leo sobre nuestro pasado histórico, más me parece que todo lo que vivimos hoy en día (corrupción, ambición, banqueros y desesperados, señores y vasallos, el acoso del fisco, la huída desde las ciudades al campo, el acoso al extranjero, las declaraciones a la honra y a la soberanía como cortina de humo) todo ya lo he conocido antes, a través de los libros y de la palabra escrita de los que nos precedieron.
Y también sobre literatura, sobre envidias literarias, sobre autores orgullosos y lectores puntillosos, la dificil tarea de escribir y difundir una obra, la pasividad de muchos posibles lectores, todo eso, todo, ya sucedió antes, y volverá a suceder dentro de quinientos años.
Identificarme con personajes históricos que descubro para mi asombro entre legajos no tiene precio, y eso, sí que es un tesoro, y no tiene precio. Lo demás... ya se verá
[PD: soy críptico en esta entrada, porque no puedo ser más claro. Una tautología]
En él se habla sobre un almojarife (tesorero) del rey de Castilla, condenado a la horca en 1278, sobre quien nos cuenta un poeta de la época:
"de todas partes llovían los regalos, cohechos numerosos, sobornos incontables..."
Se ve que no aprendemos, no. Cuanto más leo sobre nuestro pasado histórico, más me parece que todo lo que vivimos hoy en día (corrupción, ambición, banqueros y desesperados, señores y vasallos, el acoso del fisco, la huída desde las ciudades al campo, el acoso al extranjero, las declaraciones a la honra y a la soberanía como cortina de humo) todo ya lo he conocido antes, a través de los libros y de la palabra escrita de los que nos precedieron.
Y también sobre literatura, sobre envidias literarias, sobre autores orgullosos y lectores puntillosos, la dificil tarea de escribir y difundir una obra, la pasividad de muchos posibles lectores, todo eso, todo, ya sucedió antes, y volverá a suceder dentro de quinientos años.
Identificarme con personajes históricos que descubro para mi asombro entre legajos no tiene precio, y eso, sí que es un tesoro, y no tiene precio. Lo demás... ya se verá
[PD: soy críptico en esta entrada, porque no puedo ser más claro. Una tautología]
domingo, 22 de enero de 2012
Suposiciones razonables
Esta semana ha sido intensa, y esperaba culminarla con novedades jugosas sobre mis libros. Pero no.
De mi primera novela, "El esclavo de la Al-Hamrá" (Octubre 2010, Ediciones B) me he visto gratamente sorprendido con la noticia que me ha dado un lector, pero estoy en espera que me lo confirmen desde la editorial. Sí la he visto anunciada en AMAZON junto a su traducción hermana en serbio "Vezirova Osveta" (Octubre 2011, ALNARI). Me pregunto cómo irá en aquellos lugares. La he visto mencionada en varias Webs del país, pero como no entiendo el idioma no sé cómo habrá sido recibida.
En Granada al menos sigue estando visible. Esta semana he constatado que en varias librerías y puntos de venta donde se había agotado en Navidad lo han repuesto con varios ejemplares disponibles, a la vista y en buena posición. No puedo evitar fijarme en esos detalles cuando me intereso por un libro de documentación o por ver alguna novedad que me interesa, por ego o porque sé que es una lucha lo que tiene lugar en los estantes, donde unos se ven y otros dejan de verse.
De mi segunda novela, "El Mármara en llamas" (Marzo 2012, Ediciones B), pensaba tener ya la portada pero se ve que mis ideas no se lo han puesto fácil a los ilustradores. Me llegó una propuesta, a la que hice varios comentarios. Quiero que quede perfecta, y no es sencillo, por el proceso de creación de la portada, a medias artesanal a medias informatizada. Hay detalles que dependen de la evolución de los descubrimientos arqueológicos, y no siempre hay consenso entre los expertos; y hay que tomar suposiciones razonables.

Más de una vez, cuando he comentado que escribo novela histórica a amigos y familiares, y les he mostrado mi preocupación por cómo será recibida por público en general y por gente más en conocimiento sobre la época en cuestión, ellos quitan hierro al asunto con la susodicha palabras: "licencia del autor"
No me gustan las licencias del autor. Las evito siempre que puedo.
Una cosa son las lagunas históricas, en las que faltan datos de fuentes de la época y que sus suceptibles de suposiciones razonables (que dicho sean de paso, permiten la creatividad del autor), y otra cosa modificar el hilo temporal de acontecimientos y hechos registrados en crónicas y códices, y que poco tienen de interpretación. Lo primero es necesario, si queremos contar una historia.
Rellenamos huecos suponiendo a partir de lo que conocemos, de forma defendible. Lo segundo, nunca me ha gustado. Más de una vez he deseado que tal personaje muriera años más tarde, o no hubiera hecho tal cosa, porque conviene a mi trama.
Y aunque quizás eso diera más riqueza a mis escritos, y sólo los especialistas lo apreciarían (descubriendo la trampa) no me parece correcto. Por eso me agobio: toda la documentación que leo nunca me parece suficiente, siempre me quedan cosas por aprender (y eso que mi mujer me dice a veces "que regrese de la Edad Media", cuando me abstraigo en mis mundos).
Por otro lado, tampoco me veo capaz de dedicar 10 años a una novela para que sea perfecta en todos los aspectos, diez años cambian una historia y también al autor y su percepción del mundo. Supongo que es complicado hallar el equilibrio perfecto entre dedicación a una novela y la búsqueda de su perfección (formal, estética, argumental, literaria).
Y en medio de ese desequilibrio, ya estoy con mi siguiente novela, dándole forma al primer borrador, previo guión de trabajo. Estoy de nuevo en la Edad Media.
Espero dentro de unos días concretaros más todo esto. A esperar toca.
De mi primera novela, "El esclavo de la Al-Hamrá" (Octubre 2010, Ediciones B) me he visto gratamente sorprendido con la noticia que me ha dado un lector, pero estoy en espera que me lo confirmen desde la editorial. Sí la he visto anunciada en AMAZON junto a su traducción hermana en serbio "Vezirova Osveta" (Octubre 2011, ALNARI). Me pregunto cómo irá en aquellos lugares. La he visto mencionada en varias Webs del país, pero como no entiendo el idioma no sé cómo habrá sido recibida.
En Granada al menos sigue estando visible. Esta semana he constatado que en varias librerías y puntos de venta donde se había agotado en Navidad lo han repuesto con varios ejemplares disponibles, a la vista y en buena posición. No puedo evitar fijarme en esos detalles cuando me intereso por un libro de documentación o por ver alguna novedad que me interesa, por ego o porque sé que es una lucha lo que tiene lugar en los estantes, donde unos se ven y otros dejan de verse.
De mi segunda novela, "El Mármara en llamas" (Marzo 2012, Ediciones B), pensaba tener ya la portada pero se ve que mis ideas no se lo han puesto fácil a los ilustradores. Me llegó una propuesta, a la que hice varios comentarios. Quiero que quede perfecta, y no es sencillo, por el proceso de creación de la portada, a medias artesanal a medias informatizada. Hay detalles que dependen de la evolución de los descubrimientos arqueológicos, y no siempre hay consenso entre los expertos; y hay que tomar suposiciones razonables.

Más de una vez, cuando he comentado que escribo novela histórica a amigos y familiares, y les he mostrado mi preocupación por cómo será recibida por público en general y por gente más en conocimiento sobre la época en cuestión, ellos quitan hierro al asunto con la susodicha palabras: "licencia del autor"
No me gustan las licencias del autor. Las evito siempre que puedo.
Una cosa son las lagunas históricas, en las que faltan datos de fuentes de la época y que sus suceptibles de suposiciones razonables (que dicho sean de paso, permiten la creatividad del autor), y otra cosa modificar el hilo temporal de acontecimientos y hechos registrados en crónicas y códices, y que poco tienen de interpretación. Lo primero es necesario, si queremos contar una historia.
Rellenamos huecos suponiendo a partir de lo que conocemos, de forma defendible. Lo segundo, nunca me ha gustado. Más de una vez he deseado que tal personaje muriera años más tarde, o no hubiera hecho tal cosa, porque conviene a mi trama.
Y aunque quizás eso diera más riqueza a mis escritos, y sólo los especialistas lo apreciarían (descubriendo la trampa) no me parece correcto. Por eso me agobio: toda la documentación que leo nunca me parece suficiente, siempre me quedan cosas por aprender (y eso que mi mujer me dice a veces "que regrese de la Edad Media", cuando me abstraigo en mis mundos).
Por otro lado, tampoco me veo capaz de dedicar 10 años a una novela para que sea perfecta en todos los aspectos, diez años cambian una historia y también al autor y su percepción del mundo. Supongo que es complicado hallar el equilibrio perfecto entre dedicación a una novela y la búsqueda de su perfección (formal, estética, argumental, literaria).
Y en medio de ese desequilibrio, ya estoy con mi siguiente novela, dándole forma al primer borrador, previo guión de trabajo. Estoy de nuevo en la Edad Media.
Espero dentro de unos días concretaros más todo esto. A esperar toca.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Estar sin blanca
Al mismo tiempo que termino las correcciones finales de mi segunda novela, estoy documentándome para la próxima y al hilo de los vaivenes que sufre la Bolsa desde hace ya meses, voy a dedicar esta entrada a las antiguas monedas de nuestro país. Nosotros compramos en dólares, vendemos en euros, intercambiamos yenes con dinares como si tal cosa... a los comunes de los normales nos cuesta entender los operaciones de ingeniería contable y financiera que realizan inversores y corredores de bolsa, y nos maravillamos de la jerga bancaria, que si apalancamiento, que si warrants, y otras palabrejas.
Todo eso ya sucedía en España hace siglos. No estamos tan civilizados como creemos.
Saltando por encima de las monedas romanas (unificadas en todo el Imperio) y las visigodas, podemos decir que durante el medievo bajo, o sea durante el Califato de Córdoba, las pocas monedas que se usaban en los territorios cristianos hispanos fueron las hispanoárabes: el dinar (oro) y el dirhem (plata). Fue Alfonso VI, rey de Castilla y León, quien acuñó la primera moneda "española"; el denario regis. Este era una moneda de vellón o sea de metal vil (una aleación de plata y cobre) de baja denominación. La primera moneda de oro autóctona castellana fue el maravedí de oro acuñado por Alfonso VIII, en 1172, en clara imitación del dinar almorávide. En tiempos de Fernando III el maravedí dejo de acuñarse y se acuñó la dobla de oro basada en el dinar almohade. Por mucho que el maravedí dejó de tener presencia física, no desapareció, sino que se convirtió en moneda de cuenta (contable)- y de cuento- una moneda imaginaria, y auténticamente virtual, con una larga vida por delante. La dobla era una moneda de alto valor que a finales del siglo XV llegó a equivaler a 480 marevedís.

Paralelamente se había adoptado en Navarra, Aragón y Cataluña el sistema carolingio basado en la plata. También aquí hubo durante varios siglos una unidad de cuenta, el sueldo (sic) y una moneda efectiva, el dinero (denario).
En época de Pedro I de Castilla se implanta un sistema monetario con nuevas monedas como de uso cotidiano, como el real (3 maravedís), la blanca (4 maravedís), los cornados (0.50 maravedí), los dineros prietos (10 maravedís) y la dobla real de oro (inicialmente 35 maravedís), es en esta época cuando surge la expresión como "estar sin blanca" y la palabra "prieto" en su sentido de mísero y poca cosa.
Con cada rey variaban la relación de cambio entre cada moneda con la introducción de nuevas paridades, y a cuyos cambios tuvieron que acostumbrarse los españoles de a pie, casi todos analfabetos. ¡Para volverse loco! El cambio de excelente a ducado fue simplemente de nombre; el cambio a escudos, una moneda de menos peso y ley que el ducado, tenía como fin igualar la moneda de oro castellana con la de otros países. Lo más surrealista de todo fue el mantenimiento del maravedí - desde la mitad del siglo XIII - como unidad de cuenta. Esta establecía la relación entre los diferentes tipos de moneda, más bien de forma indirecta ya que el ducado valía 375 (más tarde el escudo 350) maravedíes, el real 34 y la blanca 2,5. A partir de tales equivalencias, se acuñaron monedas diversas: de dos, cuatro o más ducados (escudos); las fracciones y múltiplos del real (medios reales, reales de a dos, a cuatro y a ocho) y otra serie de monedas de vellón. Como se puede observar no había ninguna relación directa entre ducado y real; un ducado valía 10 reales y 14 blancas ( a partir de 1535, el escudo: 10 reales y 4 blancas). Pero hubo más, también el ducado, una vez sustituido por el escudo, se convertía en moneda de "cuenta".
Increible la capacidad de aritmética mental de la gente de entonces, a pesar de que para la inmensa mayoría de la gente la economía estaba limitada a nivel de reales, hay que tener en cuenta que también había múltiples tipos de moneda vellón aparte de la blanca y hay que llegar a la conclusión de que el sistema era altamente complicado.

Si esto era extraordinario, más aún era la "capacidad" del Consejo de Hacienda de la Monarquía de crear y mantener una contabilidad expresada en maravedíes, una moneda virtual, después hacer un resumen de las cuentas del estado para el rey, en ducados (otra moneda virtual), el cual -especialmente a partir de Felipe II, que nunca había "vivido" esta moneda - tenía que hacer el esfuerzo mental para traducirlo a escudos, añadiendo un 7,14% (con redondeo). ¡Sorprendente!
Y nos asombramos con las triquiñuelas contables de hoy. Ya existían antes (y algunos se aprovecharían de ellas)
(Os dejo el enlace de donde he sacado esta información, PINCHA AQUÍ )
(Para interesados en las curiosidades numismáticas: Blog Numismático)
Todo eso ya sucedía en España hace siglos. No estamos tan civilizados como creemos.
Saltando por encima de las monedas romanas (unificadas en todo el Imperio) y las visigodas, podemos decir que durante el medievo bajo, o sea durante el Califato de Córdoba, las pocas monedas que se usaban en los territorios cristianos hispanos fueron las hispanoárabes: el dinar (oro) y el dirhem (plata). Fue Alfonso VI, rey de Castilla y León, quien acuñó la primera moneda "española"; el denario regis. Este era una moneda de vellón o sea de metal vil (una aleación de plata y cobre) de baja denominación. La primera moneda de oro autóctona castellana fue el maravedí de oro acuñado por Alfonso VIII, en 1172, en clara imitación del dinar almorávide. En tiempos de Fernando III el maravedí dejo de acuñarse y se acuñó la dobla de oro basada en el dinar almohade. Por mucho que el maravedí dejó de tener presencia física, no desapareció, sino que se convirtió en moneda de cuenta (contable)- y de cuento- una moneda imaginaria, y auténticamente virtual, con una larga vida por delante. La dobla era una moneda de alto valor que a finales del siglo XV llegó a equivaler a 480 marevedís.

Paralelamente se había adoptado en Navarra, Aragón y Cataluña el sistema carolingio basado en la plata. También aquí hubo durante varios siglos una unidad de cuenta, el sueldo (sic) y una moneda efectiva, el dinero (denario).
En época de Pedro I de Castilla se implanta un sistema monetario con nuevas monedas como de uso cotidiano, como el real (3 maravedís), la blanca (4 maravedís), los cornados (0.50 maravedí), los dineros prietos (10 maravedís) y la dobla real de oro (inicialmente 35 maravedís), es en esta época cuando surge la expresión como "estar sin blanca" y la palabra "prieto" en su sentido de mísero y poca cosa.
Con cada rey variaban la relación de cambio entre cada moneda con la introducción de nuevas paridades, y a cuyos cambios tuvieron que acostumbrarse los españoles de a pie, casi todos analfabetos. ¡Para volverse loco! El cambio de excelente a ducado fue simplemente de nombre; el cambio a escudos, una moneda de menos peso y ley que el ducado, tenía como fin igualar la moneda de oro castellana con la de otros países. Lo más surrealista de todo fue el mantenimiento del maravedí - desde la mitad del siglo XIII - como unidad de cuenta. Esta establecía la relación entre los diferentes tipos de moneda, más bien de forma indirecta ya que el ducado valía 375 (más tarde el escudo 350) maravedíes, el real 34 y la blanca 2,5. A partir de tales equivalencias, se acuñaron monedas diversas: de dos, cuatro o más ducados (escudos); las fracciones y múltiplos del real (medios reales, reales de a dos, a cuatro y a ocho) y otra serie de monedas de vellón. Como se puede observar no había ninguna relación directa entre ducado y real; un ducado valía 10 reales y 14 blancas ( a partir de 1535, el escudo: 10 reales y 4 blancas). Pero hubo más, también el ducado, una vez sustituido por el escudo, se convertía en moneda de "cuenta".
Increible la capacidad de aritmética mental de la gente de entonces, a pesar de que para la inmensa mayoría de la gente la economía estaba limitada a nivel de reales, hay que tener en cuenta que también había múltiples tipos de moneda vellón aparte de la blanca y hay que llegar a la conclusión de que el sistema era altamente complicado.

Si esto era extraordinario, más aún era la "capacidad" del Consejo de Hacienda de la Monarquía de crear y mantener una contabilidad expresada en maravedíes, una moneda virtual, después hacer un resumen de las cuentas del estado para el rey, en ducados (otra moneda virtual), el cual -especialmente a partir de Felipe II, que nunca había "vivido" esta moneda - tenía que hacer el esfuerzo mental para traducirlo a escudos, añadiendo un 7,14% (con redondeo). ¡Sorprendente!
Y nos asombramos con las triquiñuelas contables de hoy. Ya existían antes (y algunos se aprovecharían de ellas)
(Os dejo el enlace de donde he sacado esta información, PINCHA AQUÍ )
(Para interesados en las curiosidades numismáticas: Blog Numismático)
domingo, 17 de julio de 2011
Entrada Telegráfica

DE: ALMOHADE (DESCONOCIDO), NAVAS DE TOLOSA, 1212
A: CONCURRENCIA EN GENERAL
*** INICIO MENSAJE
EDAD MEDIA Y BATALLA NAVAS DE TOLOSA RECREADA. STOP.
HEMOS VUELTO A PERDER IGUAL QUE HACE 799 AÑOS. STOP.
LOS CRISTIANOS TOMARON EL BOÑIGAL Y EL CAMPO DE CARDOS. STOP.
AL-NASIR HUYÓ INDEMNE. STOP.
QUE PALIZA ME DUELE TODO. STOP.
PROMETO FOTOS EN UNOS DIAS. STOP.
*** FIN DE MENSAJE

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