martes, 4 de abril de 2017

Mis dos centavos: los libros matan

Si pregunto quién fue Lope de Vega, muchos sabéis la respuesta. Autor del Siglo de Oro, escritor de comedias de éxito, enemigo de Góngora y de Cervantes, y luego también de Quevedo... Mujeriego, apasionado, insomne, experto espada y de mano firme y escritura desbordante.

¿Pero quién sabe quién fue Cayetano Alberto de la Barrera?
Silencio.

Yo no lo conocí hasta que comencé la documentación para LOPE. LA FURIA DEL FÉNIX. Su historia es bastante triste. La de un lector que quiso vivir de su ilusión: de los libros, y no lo consiguió.

Era hijo del farmacéutico Antonio de la Barrera y Canales, cuya familia provenía toda del ámbito militar, y de María de la Concepción Leirado y Ortega.
Nació en Madrid y a pesar de su mala salud estudió en el Colegio Imperial de los Jesuitas y obtuvo el bachiller en Filosofía en el Colegio de San Carlos. Quiso hacer Derecho, inició Medicina, pero la carrera que terminó fue la de Farmacia en 1837 y trabajó en la botica de su padre, ya enfermo: marchó por cuestiones de salud a un clima más seco y puso una farmacia en Martos  (Jaén) durante dos años. A fines de 1844, recuperado, ya estaba otra vez en Madrid. Murieron sus padres en 1852 y tras llevar la botica cuatro años la malvendió en 1856, consumiendo su patrimonio en comprar libros raros para sus investigaciones bibliográficas, pero subsistiendo de las rentas de una propiedad heredada.



Libros, libros, libros por todas partes. La historiografía era su ilusión. Y sacrificó todo lo demás por ella. Casó tardíamente en el año 1867 con 51 años y un mal negocio le hizo perder la mitad de sus bienes; como además tuvo una niña, (luego tendrá otras dos) tuvo que vender sus libros, volver a trabajar de farmacéutico y hacer oposiciones para el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, a lo que le daban derecho sus numerosos trabajos bibliográficos, pero en ausencia de plazas, fue creada una a duras penas para él de miserable oficial tercero en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional encomendándosele la ingrata tarea de confeccionar un índice por materias. Murió pobre dejando tres niñas en la infancia y una viuda, para la que se le pidió una cortísima pensión.

Se dedicó con pasión al estudio de los genios españoles del Siglo de Oro, y él debemos una importante biografía sobre Lope de Vega, con la aportación de nuevos datos, apuntes y manuscritos que mostraban al verdadero Lope. Le supuso numerosos quebraderos de cabeza con la moralidad imperante del s.XIX. Lope ya no era un cristiano abnegado y luego sacerdote, sino un mujeriego pecador del que podía decirse mucho malo y poco bueno.

Me lo imagino a veces renegando de sus malas decisiones: dejar una botica que daba ingresos seguros por una afición a libros malolientes, añejos y desvencijados, y por un puesto misérrimo que le hizo malvender su propia biblioteca para dar de comer a su familia. En su cuarto, se sentiría como el Bibliotecario de Alejandría; fuera, con los lloros de las tres niñas y el lamento de su mujer, la zarpa de la pobreza, se sentiría el más desgraciado de los hombres.

Los libros matan. O más bien, los libros requieren sosiego. Algo que en la vida moderna se carece cada vez más. Y lo que mata es nuestra frustración por no poder dedicar más tiempo a nuestros libros.



miércoles, 25 de enero de 2017

Medio pasaje para Caronte

Aristóteles, Julio César, Belisario, Galileo, Leonardo Da Vinci, Fidias, Cristóbal Colón, Isaac Newton, Alejandro Magno, Einstein... hicieron grandes cosas antes de cumplir cuarenta años.

Cuando uno es un lector constante y apasionado de la Historia, descubre constantemente grandes personajes históricos que vivieron rápido y dejaron huella indeleble, por eso se han escrito libros sobre ellos, novelas donde son protagonistas. Y por eso hoy toca realizar una breve reflexión de lo vivido hasta ahora, al alcanzar los 40 años. Pero me acabo de dar cuenta que no hay que ser negativo, ni hacer una lista de frustraciones, sino positivo. La vida me ha sorprendido mucho en los últimos años. Desde luego, hace 20 años no me imaginaba cómo iba a estar hoy, o si lo imaginé, no acerté en nada. Lo cual es motivo para la curiosidad y el asombro, y para desear cumplir otros 20 u otros 40, para llegar al futuro de mi vida, donde seguro habrá grandes cosas para sorprenderme.

Por ejemplo. Volver a contemplar el cometa Halley, que pasó por acá en 1986 (regresará en 2062). Ser testigo del primer hombre en pisar Marte (podría ser mi hijo). O del surgimiento de la inteligencia artifical. El descubrimiento de vida extraterrestre. La puesta en marcha, tras un ITER exitoso, del primer reactor DEMO generador comercial de energía de fusión.



O de haber alcanzado éxito literario. Dedicarme por completo a la escritura. Ser invitado a Estocolmo por el rey sueco. Poder desarrollar mi árbol genealógico al completo, indagar más en legajos. Comprarme un castillo medieval, reconstruirlo, recrear vida medieval. Comprarme un velero como Arturo Pérez-Reverte, donde navegar con nietos y familia. Aprender dos idiomas más, ser capaz de leer árabe. Ver mis libros traducidos a múltiples idiomas. Unas Jornadas Literarias de Granada internacionales. Tener una fundación que haga resurgir a la Granada romana que yace en el Albaicín. Hallar la tumba de Muley Hacén en lo alto de Sierra Nevada, y sus memorias junto a él. Viajar, mucho. A Stonehenge, Estambul otra vez, Venecia muchas veces, México, el Gran Cañón del Colorado, buscar oro en el Yucón y el Klondike. Comer carne de mamut congelado.

Cada día de aquí en adelante puede ser el inicio de muchas de estas cosas. Así que aunque ya Caronte me regale medio pasaje para su barca, espero no tener que darle las dos monedas en mucho tiempo, que será siempre menos del que yo desearía. Cumplo cuarenta años, con una mujer y un hijo que son un regalo. Con una familia extensa que cuando nos reunimos es el caos absoluto, por ser absolutamente delicioso y divertido. Con una fascinación por los libros que no cesa y que me sigue llenando de alegría. Del trabajo alimenticio, no hablo. Pero quién sabe si sacaré partido de él de otra forma más literaria.

Caronte, no me esperes por mucho tiempo. Ese es mi deseo.